lunes, 29 de marzo de 2021

El Legado de Elena

Hacía rato esculcaba el viejo baúl del abuelo. Entre antiguos retratos con hieráticas figuras apenas visibles entre los resquebrajos de la albúmina, cuasi por sortilegio asida del roído papel, negándose a dejar de atestiguar aquellos tiempos idos; observó una pequeña y amarillenta libreta que parecía deshacerse con apenas el roce de su mano.


La curiosidad de sus 25 años hurgó las desleídas hojas. No era un diario. La ausencia de cronología alguna y la yuxtaposición desordenada de ideas traslucían la pretensión de constituirse en extensión de la mente del escribiente, como queriendo salvar los recuerdos más allá de sus tiempos existenciales.

Sueños de chico, algunos devaneos de enamorado entre breves pasajes de su nativa España, junto a los resaltes de la participación en aquellas escaramuzas bélicas en las tierras santas de Jerusalén, evidenciaban la intimidad de las notas profanadas. Pudoroso se dispuso a cerrar la libreta, cuando aquella corta estrofa entreverada en la sintaxis de un texto llamó su atención: “Eran tres los soldados, cargando la cruz del Señor. Era de tres el secreto, que la providencia les dio. Era de tres la dicha y el profundo dolor... Lo he visto…”

La curiosidad lo embargó por esa última frase. ¿Cuál era su lógica? ¿A cuál secreto referíase? ¿Por qué aparecía cortada, como no queriendo o no pudiendo continuar? ¿Qué fue lo que supuestamente vio el abuelo? ¿Por qué la extraña mescolanza de dicha y dolor? Surgieron en retahíla las interrogantes…

Tras el largo, impaciente y nervioso rehojeo de páginas, pudo leer otras estrofas que parecían ser la continuación de aquellos pensamientos. Escritas mucho después, tal vez en esos momentos humanos cuando el peso de los recuerdos obliga a alivianar en tinta las cargas de la conciencia, quizás buscando mantener vivo el secreto; en fin, allí estaban las palabras, discurriendo entre un relato inconexo: “Lo he visto, lo he visto, Jesús no resucitó, he tocado sus huesos. El Cristo no resucitó”, se leía en el inciso, seguido de una serie de números, especie de clave o pista, cuyo sentido parece esconderse tras el pensamiento que atestiguan.

Incrédulo y perplejo, en sus ojos se arremolinan los pensamientos. ¿Cristo no resucitó?, atinaba a preguntarse afirmando. Luego entonces ¿no era el hijo de Dios? y por tanto ¿se quedaría la fe cristiana sin sustento alguno? ¡¡Dios!! ¿Cómo pudo mi abuelo verlo? ¿Cuál inmensa sería su angustia al saberse poseedor de una verdad capaz de derrumbar su religión, dejando huérfanos de fe a millones de creyentes en el mundo?

Ahora comprendía su renuencia en hablar de religión. Muchas cosas adquirieron el sentido, la hilaridad racional ausente en su momento. La contumacia del abuelo a responder sus interrogantes respecto del Cristo y la sentencia con que allanaba cualquier cuestionamiento: “El demonio tiene mil formas de hacernos sus instrumentos”.

Retahíla de preguntas se amotinaron en su conciencia mientras buscaba recobrar la sobriedad de la realidad, fustigando su racionalidad: ¿Será verdad? ¿Por cuál razón mentiría el abuelo? ¿Sería producto de su imaginación? ¿Lo engañaron?  Pero… ¿y si fuera cierto?, concluyó, con la duda prendada ya a su existencia, como la sombra de una luz escondida, constituyendo el pasivo existencial que en adelante determinaría su vida y algún día habría de solventar.


EL CAMINO HACIA LA VERDAD

Hace ya diez años desde aquella tarde cuando halló la pequeña libreta del abuelo, ahora la tiene en sus manos mientras desde la mirilla del avión contempla la mágica espiritualidad de la Tierra Santa. Al fin cumplirá la…, no es promesa, más bien necesidad de recuperar el sosiego de su conciencia y la tranquilidad espiritual. Ese legado de la providencia es una cruz que no está dispuesto a llevar más, pero no huirá ni será preso de ese secreto, como el abuelo, pues lo enfrentará en toda su descarnada verdad o falsedad.

Me convenceré de que fue una simple ilusión de mi abuelo y todo estará bien, se decía hacia sus adentros, como necesitando cubrir con argumentos ciertos el boquete espiritual por donde amenazan con escapar los pocos fundamentos, o más bien argumentos de su menguada religiosidad.

Por sobre el murmullo de la ciudad se impone la espiritualidad de esta tierra, cuna de la religión cristiana y tal vez poseedora de la verdad que la sepultaría para siempre.

Desde la ventana del antiguo hospedaje se divisa en lontananza el Monte de los Olivos, el de reflexión, de tentaciones y de traiciones. Cuasi enfrentándolo, El Gólgota punza en las conciencias de la humanidad el dolor, el sufrimiento, la irracionalidad, la muerte y el renacer. ¿Renacer y muerte?, se interroga, cayendo en la realidad de la razón de estar allí.

Al amanecer toma su roída y preciada mochila y parte hacia El Gólgota. Lo anda, lo siente, lo vive, lo palpa. Quizás buscando la sangre de aquel justo; quiere verle el rostro miserable a la irracionalidad humana. Poco a poco va sintiendo la carga espiritual de siglos de aquellos sitios queriendo estallar en la interrogante que desde hace una década atormenta a su conciencia: ¿Y si Cristo no resucitó?...

Con los últimos resplandores del día sus pasos deambulan por las singulares callejuelas, mirando a las personas en el trajín de sus existencialidades, tan diversas y complejas, pero al final confluyendo en un solo ser, el ser humano… Mientras tanto, su mente persiste en buscar respuesta a las notas de la libreta del abuelo.

La noche lo encuentra contemplando el muro de los lamentos. Aquí miles buscan sosiego para sus penas y sufrimientos, benditos quienes hallan la paz espiritual en las bienaventuranzas del prójimo.

Tras el andar, a la distancia se va magnificando el Calvario; y mientras los lloros de la luna pincelan de plata a ese ícono de los vicios e irracionalidad del ser humano, los cantos de algunos peregrinos suenan como himnos de salvación, esperanza y fe.


 EL ENCUENTRO

Ya en la pequeña posada y luego de acicalarse lo necesario, baja a la pequeña sala de estar. Su exigua luz pincela de claroscuros el misterio, encanto y magia el rostro de la mujer que flanquea la entrada. No importa si ella es de los de unos u otros, pues los designios del Señor no distingue los linderos de irracionalidad que segregan sus existencias.

Después del rápido pero ameno e inevitable flirteo con aquella subyugante dama; el hasta luego, cargado  de interrogantes y expectativas, a lo mejor augura la voluntad divina de un mágico entrecruce de genes, de la mezcla de dos culturas en la cuna de la religión en común.

Por ahora, a lo que ha venido. Lo esperan en el pequeño bar contiguo, cuya entrada está signada en el frontis por aquella invocación famosa de Delfos: “Conócete a ti mismo.” En verdad no sabe si es advertencia, ironía o simple referencia filosófica; lo cierto es que, cuando el ser humano hurga en lo profundo de su humanidad y espiritualidad y logra verse en la alegría y dolor del otro, la paz tiene su imperio asegurado.

En un rincón está, sin lugar a dudas, el que lo espera. Con ambas manos sobre la pequeña mesa de cedro, cuyos cortes austeros y la simpleza de líneas subyugadas por la textura noble de la madera, evidentemente acariciada por las manos oficiosas del artesano, delata su consonancia con toda una filosofía de vida, en donde la utilidad es seducida discretamente por la belleza elemental natural de las cosas, en comunión trascendente de lo material hacia el propósito espiritual. Tal vez así lucían las del carpintero llamado José…, afirma en su pensamiento.

El personaje está a la hora acordada a través del intermediario. Cuerpo menudo y edad ya en deuda con el tiempo (aproximadamente la que tendría el abuelo) Ropaje sencillo y un tanto descuidado pero agradable. En general, facciones, gestos y actitudes evidenciando la mimetización genética y cultural con su entorno; hasta su palabra tiene el dejo de sabiduría, misterio y espiritualidad de esta ancestral tierra. ¿Acaso no hubieron sido personajes como este, quienes nos legaron las sagradas escrituras?, esta vez interroga, también desde el sigilo de sus neuronas.

La conversación fluye en protocolar calma, dejando intersticios para la conformación del ambiente común de reflexión imperante en el lugar. Luego las palabras entrecortadas y la disgregación de ideas rehúyen abrirle paso a lo concreto de aquella entrevista: La relación de ese hombre con su abuelo; y algo más…, el “asunto” que desde el inicio ha estado en el ambiente sin dejarse entrever en los labios de uno ni del otro.

Entre anécdotas y gratos recuerdos de lo bueno y lo malo, el hablar ya es ameno y franco; pero aún así no logra aflorar por algún resquicio el inmenso secreto que tácitamente impregna el ambiente. Hasta que la incertidumbre represada irrumpe con una pregunta directa y desencajada  de la conversación; el interpelado, por vez primera expresa en su faz la terrible angustia ahogada, como si le hubiesen lacerado una llaga descarnada en lo más íntimo de su ser.

No, no…, no he compartido ningún secreto entre tres. El otro compañero ya no está… Entre nosotros sólo hubo una profunda y entrañable amistad, responde, tensando las manos sobre la mesa, como queriendo traspasarle la inmensa verdad que avasalla su conciencia y atormenta su espíritu, agregando, cual epitafio: Existen secretos que destruyen verdades, y verdades que siendo secretos, posibilitan hermosas falsedades.

Luego del respetuoso silencio, las palabras comienzan a sobrar, y la tácita despedida fluye en el hablar, ahora mezquino y triste…

En fin, concluye en pensamiento mientras su cuerpo se despide del indescifrable personaje, así culminan siempre las conversaciones en estos lugares, rezumando las tristezas y horrores de siglos acumulados, paradójicamente sembrados en esta tierra sagrada, aunque siempre con el dejo de la esperanza de su fe. Tal vez, como lo termina de sentenciar este triste hombre, mejor es que la verdad siga oculta para poder así sustentar la fe…

Ya de regreso a la pequeña habitación y sin haber logrado liberar a aquel hombre de la prisión de esa verdad huidiza que ahora determina más profundamente su existencia; en el pequeño pasadizo previo, mimetizada en aroma con el frondoso durazno que la flanquea, está aquella chica de hace rato… Entre la conversación cada vez más lo subyuga esa sublime mezcla de espiritualidad y tentadora seducción de la mujer de esos lares. Y mientras la magia de la naturaleza apuesta al entrecruce genético, decenas de interrogantes antesalan su atribulada conciencia.      


ENTRE OLIVOS, ESPERANZA Y  FE

Con las primeras luces del nuevo día, entre el naciente murmullo de fresca cotidianidad de la Tierra Santa, y todavía con la sentencia del amigo de su abuelo en las sintaxis de las neuronas, trajinadas, esculcando sentido y coherencia a lo que tal vez fue sólo advertencia; parte hacia el Jardín de los Olivos por parajes que se revelan preciosos y reconfortantes espiritualmente.

A lo mejor, dice hacia sus adentros, en ese sitio tan trascendente para Jesús, donde meditó tanto, donde compartió con sus discípulos, donde doblegó a la tentación y donde esperó la traición del hombre; encuentro la luz que me ayude a redimirme de ese secreto que no conozco, para estar en paz con mi conciencia, con la historia y con la religión que he desdeñado.

Así, camina, contempla y disfruta toda la riqueza histórica y religiosa, rostros plenos de fe entremezclados con los estoicos de los turistas de oficio, y aquella simbiosis sublime entre humanidad, espiritualidad y fe que traspira el ambiente e impera por sobre el ininteligible murmullo de vida que poco a poco se va haciendo respetuoso silencio, a la vez que el cielo, con hermosos destellos oculta su luz; tal vez queriendo convencerlo de que dejando atrás aquel secreto, ahogando su curiosidad, se resguarda la fe y la religión.

Con los últimos rayos del sol contorneando y siluetando a los comensales y conversantes del pequeño paradero que cuida el camino de regreso, su pensamiento es ahogado por el leve bullicio del sitio mientras esculca en el pretérito de su mente algún indicio, alguna razón, una respuesta justa, del por qué y para qué está allí; si en definitiva es la verdad de un simple ser humano contra la certeza de millones. Pero… ¿cuál verdad? Si tan sólo tuviera algún sustento para esta trama que está determinando mi existir, se dice, mientras sus sentidos se enfocan en las palabras de la mujer de la mesa contigua al hombre que la acompaña.

Me salvó, él me salvó de esa enfermedad tan cruel. Hace tantos años estaba desahuciada pero el nazareno salvó mi vida y me regaló estos años maravillosos junto a ti, a mis hijos y a todos mis seres queridos, le decía ella. Ambos de aparente mucho y grato vivir, tomadas las cuatro manos en un solo puño, él mirándola fijamente, cuasi con veneración, ella de frente al Monte, lejos en lontananza, la mirada alta en agradecimiento y veneración, los dos siluetándose con el resplandor del ocaso ostentando su gama de hermosos e inusuales ocres, llenos de misticismo, esperanza y fe.

Esa era la respuesta a su interrogante: la fe, que mueve montañas y enlaza a los seres humanos con sus potencialidades, con el universo, con Dios. Poco importa conocer o no el secreto, si existe una inmensa verdad que eclipsa cualquier duda: la fe.


DESASOCIEGO Y LUZ

Llega junto a la luna al pequeño hostal. Un extraño frio enmarca el ambiente de tibio recogimiento de los grupos disgregados en íntimos rincones, con uno u otro canto tenue de voces hieráticas, casi gregorianas, acentuando el misticismo del lugar.

Ya en su habitación, escudriña en Eart, tratando, en último intento, de obtener de su tablet la respuesta o al menos algo de sosiego a su angustia, mientras la resignación y también la frustración, poco a poco doblegan su curiosidad e imperioso apetito de verdad, queriendo cerrar por siempre el baúl del abuelo, junto a sus recuerdos y aquel secreto que lo atormenta. En tanto el sueño troyanamente se adueña de su conciencia.

Al rato, recién pasada la media noche, luego de un extraño sobresalto y todavía embriagado por el sueño, intenta apagar la tablet que entibia la otra almohada, pero algo llama su atención: Sobre la imagen del Jardín de los Olivos existe una marca de referencia nunca observada, con la siguiente etiqueta: “En la cifra está la respuesta”. Enseguida el asombro da paso a un torbellino de preguntas. ¿Se tratará de la respuesta al secreto? ¿Por qué, cómo y quién la colocó allí?  ¿A cuál cifra se refiere y donde está?

Disponíase a retomar el sueño forzado sobre su angustia, cuando sobresaltado exclama ¡¡Ya se!! ¡¡Tiene que ser…!! ¡¡Es aquella cifra sin sentido en la libreta del abuelo!! ¡¡¡ Son coordenadas!!!

Toma su tablet y nervioso registra en diversos órdenes aquella cifra de la pequeña libreta que temblorosa en su mano se resigna a ver su secreto profanado. Luego de varios intentos, allí está, una ubicación específica en el Monte de los Olivos, ¿será el sitio?, hace algunas horas anduve por esos parajes, ¿estará lo que busco allí? Sin más, registra las coordenadas en el teléfono y se dispone a partir hacia el lugar. Es ahora o nunca.


EL HERMOSO LEGADO 

Raudo el andar y volando los pensamientos el cansancio no mella su voluntad, más bien aumenta el paso, mientras silente lo sigue la tenue sombra que le pinta la creciente luna asomada entre caprichosas nubes.

Presuroso busca la ubicación del GPS. La afición arqueológica de su niñez le ayuda. Al fin está en el sitio. Un escalofrío de éxtasis recorre cada célula de su cuerpo, mientras mirando hacia el cielo siente que su voluntad se desmorona y el temor lo avasalla. Es el miedo al sacrilegio, a atentar contra las verdades que sustentan la religión y la fe.

Es increíble, tan cerca de nuestros pasos y tan lejos de la conciencia humana. Una pequeñísima colina camuflada por pequeños arbustos bañados por los haces de plata regados por la noche, está frente a él.

¿Cómo puede ser? ¿Estoy delirando o acaso sueño despierto?, se pregunta, mientras la incertidumbre lo embarga nuevamente.

¿Qué hace él allí? ¿Descubriendo lo descubierto? Si ya cientos de investigadores han esculcado cada centímetro de estas tierras. ¿Qué puede hallar? La probabilidad es remota, muy remota, aunque siempre probabilidad.

Con la curiosidad en la mente y la cautela en los pasos, se acerca a la base de la colina sin observar nada extraordinario, algunos pequeños olivos y el follaje en partes asomándose cauteloso, pero nada más.

Apesadumbrado se sienta en un montículo tratando de ordenar los pensamientos, y quizás de apaciguar sus expectativas hacia la resignación. Si existiese la tumba, se dice, sería accesible por excavación, y eso está muy lejos de mis posibilidades… En fin, ha de ser mi destino cargar a cuestas la angustia del secreto.

De pronto recuerda la frase inconexa en la libreta del abuelo: “Entre olivos la verdad será revelada”  ¡¡Sí!! Por supuesto, han de ser estos olivos, pero ¿dónde?

Presuroso corre hacia ellos y esculca el follaje que une sus pies. Se topa con lo que aparenta ser terracota o algo parecido, y al despejar con su navaja de explorador las hierbas y tierra que la cubre, revela un cuadrado de cuatro casi deshechos ladrillos por lado.

¡¡Ahí está!! Ese debe ser. ¡¡Dios mío!! ¿¡¡Qué hago!!? ¿Profano esta verdad terrible de milenios o marcho y venero a la bondadosa falsedad?  Pregunta mirando hacia el cielo, buscando la respuesta que desde siempre ha estado en su conciencia. La verdad mueve montañas, por la verdad murió el Cristo, y por la verdad debe ahora continuar…

Con un nudo cada vez más apretándole la garganta y ahogándole la conciencia, la navaja temblorosa poco a poco define los intersticios de los ladrillos, los quita uno a uno, colocándolos con cuidado a un costado. Una loza de piedra queda al descubierto; escarbando la tierra de sus bordes se dejan ver sendas muescas en forma de agarraderos. Sin pensarlo dos veces su ansia de verdad levanta en vilo aquella piedra, y lo que ve lo paraliza, sintiendo el inmenso peso más en su atribulado espíritu que en sus manos temblorosas.

¡¡Ahí está!! Exclama, un cofre aparente de piedra encajado en la tierra, con la avidez de siglos tragándose la claridad de la noche y retornándola en un tenue resplandor que rebosa el ambiente de misticismo y espiritualidad. Sus pies tiemblan tanto como trémola ha estado desde siempre su fe; y mientras los brazos exhaustos colocan la loza sobre las hierbas, pensamientos en torbellino nublan su conciencia. ¿Al fin conoceré el secreto? ¿Qué habrá adentro? ¿Estará él, Jesús? Pero, si murió y no resucitó ¿cómo puede ser el hijo de Dios?

Así, con punzante angustia y  exasperación, alzando las manos al cielo y dejando caer sus rodillas sobre las hierbas buenas y malas, con un grito ahogado exclama: ¿¡¡Dios, por qué tuve que ser yo, por qué me escogiste a mí!!?

No obstante una fuerza que doblega su voluntad lo coloca dentro del lugar; de alguna forma era un deber con la historia, con la religión de su abuelo y consigo mismo, con el sosiego de su espíritu.

A su lado, sobre un pilostre de piedras encajadas caprichosamente en sus formas naturales, está una especie de sarcófago intacto de grueso cedro oscurecido por los siglos, cuya armoniosa simpleza delata la mano tosca pero amorosa del hacedor. El lugar es de medidas exiguas, la parte superior apenas supera su estatura, y el sutil resplandor que llena de mágica acuarela de grises el recinto, pareciera posarse y a la vez emerger de aquel sarcófago. 

Con ceremonial calma introduce su navaja en el borde de la gruesa tapa encajada y poco a poco la levanta hasta quedar visibles los restos del que ha de ser Jesús el de Nazaret, el hombre que trajo a la humanidad un mensaje de amor, hermandad, dignidad, esperanza y fe, el hijo de Dios… Pero ¿si es el hijo de Dios, entonces por qué no resucitó como lo enseña el dogma de la fe cristiana? ¿Será error o cruel ilusión?

¡¡No puede ser!! Exclama, tras detallar sendas perforaciones en los huesos de sus manos y pies y empezar a revelar al lastre de su pañuelo las inscripciones cinceladas en la pequeña loza que pareciera cuidar los pies del yacente. La lee y relee nerviosamente palabra tras palabra, hasta lograr que su latín elemental y torpe le descifre el mensaje de aquella estela de piedra. 

“Yo, Elena de Constantinopla, manifiesto a la posteridad, que habiendo descubierto providencialmente un manuscrito del mismísimo Simón de Cirene, guardián del secreto más atesorado de la religión cristiana; por los designios imponderables de nuestro Dios, he hallado la tumba de su hijo Jesús y he palpado las laceraciones de la irracionalidad humana en sus huesos, tan humanos. Pero también he sentido como nunca su trascendencia de la muerte hacia un mensaje de vida, de esperanza y de fe. He aprendido que más allá de nuestros huesos, nuestra alma y nuestra espiritualidad son inmortales. Esa es la hermosa lección del Cristo, enseñarnos que aún andando podemos estar muertos, que nuestra resurrección espiritual se produce cuando descubrimos al Cristo en el prójimo y lo concretamos en un propósito común de fe. Porque el Cristo resucita con nosotros, con nuestra fe. Porque la resurrección es una eterna posibilidad iluminando e indicando un único camino: Dios. Hoy, al grabar mi fiel estas palabras temblorosas en la dura piedra, mientras mi cuerpo se estremece por la verdad revelada y en mi conciencia conflagran las posibilidades de su destino, he decidido legar a la posteridad la responsabilidad de revelar al mundo cristiano esta infinita verdad. No es tiempo de someter a los creyentes a semejante prueba de fe cuando nuestra religión apenas se asienta y tiene tantos enemigos asechándola por todos lados. Pido perdón si me equivoco en esta decisión. Pido perdón por los actos de mi pueblo. Pido perdón por los errores y vicios de mi humanidad. Pero también doy las gracias al Cristo por haber iniciado  en mí esta hermosa resurrección que ilumina mi existir, reconforta mi espíritu y sustenta hoy como nunca mi fe. El secreto debe ser secreto hasta que la fe sea auténtica y se sostenga por sí sola”.

Un pálido frio recorre su cuerpo, a la vez que el gozo espiritual se avalancha en lo profundo de su ser, dándole esa sublime sensación  de religiosidad y misticismo jamás sentida.

Si el abuelo y sus compañeros hubiesen leído esta nota, pensaba, no habrían sufrido tanta angustia y desasosiego. Elena comprendió el verdadero significado de su hallazgo y asumió la responsabilidad ante su religión y ante la historia. Que después de veinte siglos el Cristo perviva entre nosotros con su mensaje de redención, de fe y de esperanza, aún cuando sus huesos estén guardados en este pequeño recinto y las carnes hayan vuelto al polvo, es auténtica prueba de su resurrección, que en verdad es la trasmutación del alma, eterna como la capacidad de fe del ser humano.

Enseguida revisa el pequeño pergamino adjunto y cualquier atisbo de dudas se esfuma junto con el vacio existencial que lo hubo agobiado toda su vida, al balbucear ese latín colonial pincelado de clasicismos griegos: “…allí yace Jesús el de Nazaret, el hijo de Dios… Conociendo la conjura para profanar su tumba y destruir su cuerpo, he decidido junto a mi acompañante, preservarlo en ese humilde recinto. Han matado un cuerpo pero su alma y espíritu pervivirán por siempre en su mensaje y ejemplo de vida. Que Dios bendiga a quien leyere estas notas  y lo ilumine para bien disponer de este secreto, tesoro de fe. Así lo manifiesto, con la paz y fortaleza del Señor rebosando mi alma, yo, Simón el de Cirene”.


SEPULTANDO LA VERDAD

Con sensación de infinito gozo existencial recoloca el último ladrillo, recubriendo con tierra y  pequeños arbustos la entrada al santo recinto. El secreto todavía debe ser preservado. Sin dudas el cristianismo atraviesa por su mejor momento, pues siempre que se exista, cada actualidad es la mejor, por haber sobrevivido veinte siglos a tantos errores, por sustentar la fe por sobre el derrumbe de falaces dogmas y perniciosos fetichismos; pero aún su fe no es suficientemente plena y auténtica para asimilar esta verdad en toda la magnitud de su significado. El maravilloso legado debe esperar por los tiempos perfectos del Señor.


El RETORNO A LA FE

Mientras el avión reta en vuelo los aires de aquella tierra santa, pensamientos sosegados rinden honor a su fresca paz espiritual: Hace dos mil años, en inicio de un nuevo sendero existencial, un humilde artesano revolucionó la humanidad con su mensaje de justicia, igualdad, libertad y dignidad, más allá de la materialidad del existir, como valores plenos, posibles, alcanzables y resumidos en un fin superior, su padre, nuestro padre, Dios. Con ello nos reveló el Cristo la conciencia de transcendencia, del poder, como bien lo señala Elena, de descubrir al Cristo en el prójimo y concretarlo en un propósito común de fe, el poder de nuestra resurrección espiritual. Porque, tal como dice el Cirineo, mataron su cuerpo pero su alma y espíritu siguen vivos entre nosotros. Al final esa es la resurrección, trascender la materialidad de nuestro existir hacia la concreción hermosa de los valores y principios de vida en común, perviviendo en un propósito de fe y esperanza que siempre converge en Dios.

 

 Javier A. Rodríguez G.


Javier A. Rodríguez G.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

CANSANCIO

Si por descansado cansé;
por cansado, cansino y cansón
no descansaré.

Cansada la mula, del agreste andar.
Cansado el borrego del duro trajinar.
Cansada la madre que da de mamar:
Cansado el labriego, de tanto bregar.

¡Cansado el Cristo, a cuestas su verdad!

Cansinos y cansones por cansados todos,
menguan descanso y sosiego existencial.

Descansado el fariseo,  prostituyendo la fe.
Descansada la mentira, sumida en oscuridad.
Descansado el que se va, sin tener por quién volver.
Descansada la opresión, negando libertad.

Descansando los del camposanto,
que sin embargo,
¡¡algún día habrán de despertar!!



Javier A. Rodríguez G.

domingo, 29 de octubre de 2017

DE LA CASA EN EL AIRE A CIEN AÑOS DE SOLEDAD


Desde siempre la música vallenata me causó ruido; porque más allá del respeto a su expresión cultural, dominaban los prejuicios, la mala fama bien ganada de algunos de sus nuevos exponentes y principalmente el flagrante secuestro mercantilista de una expresión musical vendida en vitrina de alcohol, sexo, lujos, drogas, violencia y muerte.

Y desde esos criterios el contenido musical del vallenato perdía todo sentido tradicional cultural, pues, viniendo desde la literalidad del fraseo llano y cotidiano, y marchando hacia un lirismo rebuscando solamente acetato y escenarios, huérfano del contexto social y cultural que define, sustenta y  sobretodo gesta las expresiones musicales populares; cuando mucho, no representaba más que pinturas musicales bonitas, llenas, a lo sumo, de virtuosas pinceladas instrumentales y vocales que morían cuando iniciaba el difuminato de la belleza hacia la cultura, tradición, sentimiento y vivencias.

Precisamente, esa visión tan estrecha  de las expresiones culturales latinoamericanas, principalmente las que han sido raptadas por el mercantilismo globalizador, sin los debidos contrapesos comunicacionales; nace de la ignorancia de sus auténticos orígenes sociales, que imposibilita sus justas comprensiones dentro del complejo y maravilloso fenómeno existencial  humano.

Siendo desde una de esas meritorias intencionalidades difusivas, que los reojos a las comedias televisivas fueron transformando aquel ruido del vallenato en simple y llana curiosidad.

Y dado que la curiosidad es el combustible del conocimiento, que reubica existencialmente al ser humano, le plantea otras perspectivas de su ser individual y social, y una más sensata, justa y cierta ponderación de la cultura; faltaba solamente el ignitor apropiado para iniciar la búsqueda de la verdad de esa expresión cultural.

Luego así, en la oscura travesía carretera, el canto de Vives en el autorradio sonaba ya diferente, tenía otro sentido; una escondida poética afloraba en aquellas frases que pretendían construir una casa en el aire, asentada en las nubes y sostenida por ángeles, para que nadie molestase a la preciada Ada Luz.

De esa manera, la versión “moderna” lleva al encuentro con la expresión cultural auténtica, haciendo la vivencia poesía y la poesía esperanza y la esperanza vida y la vida canto Y con el canto el acordeón, y con acordeón y canto el hombre, y con el hombre el juglar, y con el juglar, llenos de vivencias, esperanzas, poesías y vida, los acordes y melodías bajando con los aires de la montaña para hacerse vallenato.

Ahora comenzaba a descubrir la profunda filosofía y el sentido existencial mágico tras aquellos fraseos tan simples y cotidianos. Ya comprendía la elegía al amigo; sabía por qué a Moralito le cayó la gota fría; entendía el sufrimiento por lo que se llevaba el cero treinta y nueve; y compartía el lamento del cantor, sosegando penas, recriminando amistades y purgando culpas por la muerte de su Alicia adorada.  

Ya ubicaba el origen maravillosamente existencial de aquellos cantos, en la cosmovisión mágico religiosa, lamentosa, melancólica y esperanzadora, que solamente puede engendrase bajo la intimidad cómplice de la montaña, para luego nacer a las faldas piloneras de su madre.

Porque el canto de aquellos pioneros era tan íntimo y cargado de esa sublime entremezcla de realismo, magia, sentimiento y espiritualidad, que solamente podía ser expresado desde la fusión de la trinidad: poeta, músico y cantor, en una sola expresión: el juglar; quien no escribe frases para cantarlas acompañado del instrumento; sino que hace sus vivencias cantos y acordes, casados en un mismo sentimiento hecho vallenato.

Es ese origen del vallenato, lo que define su valor y evolución cultural, sin el cual su historia habría sido ordinariamente diferente. El canto abierto y franco, sin preciosismos vocales, más que al oído busca llegar al alma; el instrumento hecho amigo, compañero y confidente; la vivencia hecha poesía, y la poesía expresión colectiva, sencillas y cotidianas, pero tan sentidas y profundas como la espiritualidad que el juglar riega por veredas y caminos.  

Ojalá no se deje morir el concepto del juglar, como se dejan extinguir las nacientes de los ríos.


“Cien Años de Soledad”
Cuando por requerimiento de la tarea escolar leí esa grandiosa obra latinoamericana, en verdad no ubiqué la lógica tras el desarrollo enrevesado, aunque magistral, de un argumento tan simple, de una “realidad mágica” que es cotidiana en nuestra cultura latinoamericana, y, como si apremiase la disponibilidad de cuartillas, narrado en frases cortas, en estilo cuasi periodístico, yuxtapuestas, sin la interconexión pincelada, sin los claroscuros y difuminados entre conceptos, sin la germinación de ideas dentro de las ideas, sin desarrollos narrativos dentro de otros, con un manejo muy lineal y simple, y se pudiera decir que algo tosco, de la dinámica discursiva del narrador, quien pareciera no comprender los hechos que narra. .

También seguramente predisponía a ese criterio, las particularidades de la vida del Gabo: Revolucionario amigo íntimo de la Cuba comunista, pero igualmente gozoso usufructuario de la dulce vita capitalista; y de guinda, periodista juerguero y parrandero, amigo de sus amigos y de sus enemigos, de quien debía y de quien no debía.

Sin embargo, aquella “Casa en Aire” que me llevó  “a los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del  obispo, heredero de los secretos de Francisco el Hombre”; también me enseño la invaluable obra cultural de la Cacica, y desde ella llegue a la frase que hace de partida de nacimiento de Cien Años de Soledad, dicha por su padre: “Cien años de soledad no es más que un vallenato de 350 páginas".

Porque ciertamente, era ese el fundamento que faltaba para comprender al Gabo y a su grandiosa obra. El autor conoce, mejor dicho, ha vivido lo narrado, porque su obra, más que producto de una imaginación prodigiosa, es resultado del prodigio de ver, sentir, interpretar y convivir una realidad, y fundamentalmente de poder expresarlo; sin siquiera intentar comprenderlo, pues entonces degeneraría en especulación filosófica, buscando la verdad para destruir la realidad percibida; al contrario del propósito de plantear la percepción de lo real como verdad existencial. Por lo que la preocupación del narrador, más que la hilaridad magistral de ideas hacia un desarrollo argumental, es por la expresión de toda la complejidad del comportamiento de seres individual, social y culturalmente determinados, deshebrando hechos en espacio sin tiempo propio, que pudiere ser de un siglo o de todos los siglos, y en tiempo sin espacio específico, que va y viene, que está y no está, que se mueve junto con el narrador y su testimonio, quien se traslada también temporalmente en la obra, pues forma parte de ella, ya que no es su creación sino su vivencia más íntima.

Y es el querer expresar la complejidad de una realidad hecha mundo, y un mundo con todos los tiempos, todos los espacios y toda la realidad; lo que apremia al narrador, quien no quiere naufragar en un océano de ideas, sino manifestar, como el juglar, en una sola idea todo ese mundo mágico, hecho realidad.   

Por eso el  fraseo corto, no buscando interconectar pensamientos sino el expresar vivencias, en lenguaje franco, llano, comedido y discreto, cediendo la pretensión filosófica al acontecer mismo, es el del juglar. Por eso el ir y venir en el desarrollo temporal de la obra, el estar para irse y el irse para volver, estando siempre aquí; no es sino el impulso vital que anima los acordes del canto vallenato.

De manera que  Gabriel García Márquez también fue uno de aquellos juglares, y Cien Años de Soledad su aire vallenato, en fuelle de un siglo  y de pluma por canto.

Así pues, la genialidad literaria de Cien Años de Soledad, más allá de los aspectos técnicos, está en expresar la realidad socio cultural no como simple sujeto, ni como observador privilegiado, sino desde el ser mismo de la compleja y mágica espiritualidad que la anima; conociendo todo desde siempre y por siempre, los personajes y hechos, o existieron o podrán existir en cualquier tiempo.

Por eso el “realismo mágico” es ante todo una forma de plantear la realidad desde la cosmovisión y espiritualidad que la animan. Siendo desde allí que lo mágico y lo real se confunden en una sola vivencia, en una misma expresión cultural.

Es que en verdad el ser humano siempre ha vivido en una realidad mágica, lo que cambian son los criterios, pues aún cuando pretenciosamente crea haber salido del “oscurantismo” gracias al saber científico, es la propia ciencia que derrumba sus creencias, la que le replantea otras, amenazando incluso con  demoler el concepto mismo de la realidad, gracias al desvelamiento del maravilloso mundo cuántico. Por eso, mientras el ser humano no tenga la perspectiva racional total del universo, y por ende, de su ser, toda realidad a él será creencia, aprehendida del existir o validada por razones científicas, pero creencia en fin; que más que condición de ignorancia o conocimiento, es un acto de fe, una expresión espiritual que le posibilita el existir a un ser infinitesimalmente pequeño en un mundo sin linderos imaginables.

Quizás la sabiduría del vivir consista en poder elevarse hasta al ser espiritual para conformar una “realidad mágica”, o como se le pretenda llamar, que exprese la sociedad en toda su imperfección y autenticidad cultural. Porque la cultura, más que la suma disgregada de factores, es la integración de hechos, acciones y sobretodo posibilidades, en un acontecimiento espiritual que eleva al ser humano, como a Ada Luz, por sobre la durezas y crudezas de la realidad “real”; y proyecta, como en Macondo, por sobre los tiempos y más allá de los espacios, la cotidianidad del existir.

De allí la magia de Cien Años de soledad, una realidad construida desde y hacia una expresión espiritual; la misma que se aposenta desde las alturas en el juglar, para regarse por los valles en cantos vallenatos.


Javier A. Rodríguez G.

jueves, 15 de noviembre de 2012

¡SI BOLÍVAR VIVIERA!...

El ser humano absoluto es una hermosa metáfora de sí mismo, en la sublime posibilidad de su imagen y semejanza con Dios. Pero el ser humano actual necesariamente está referido a una existencia concreta, a un tiempo histórico determinado, a “su circunstancia”, como diría Ortega y Gasset.

Dejando atrás los criterios deterministas, podemos afirmar que el ser humano es una expresión evolutiva específica, es decir, se construye ontológicamente a cada momento histórico, sin agotarse nunca su posibilidad de ser, siendo lo que ha sido y lo que será, constituyendo ello precisamente su “actualidad”, ser expresión del pasado y proyección del futuro, lo cual le otorga el privilegio de expresar evolutivamente a los que existieron, pero también, la responsabilidad de ser posibilidad evolutiva del futuro. Por eso es que evolucionamos al escudriñar y conocer nuestro pasado, por eso la historia construye ontológicamente al ser humano.

Teniendo eso en cuenta vemos que la “realización” del rostro de El Libertador a partir de sus restos óseos, no responde a una insulsa intención fetichista, ni siquiera constituye una “digitalización” científica, como algunos la han tildado, pues la digitalización es un medio y no un fin; sino que expresa la intención de “actualizar” históricamente, de concretar la morfología del rostro de un hombre que existió hace doscientos años, y con ello, la consecuencia necesaria de proyectarlo con toda su circunstancia existencial en nuestra realidad evolutiva, es decir, traspasar los linderos mismos del espacio y del tiempo para hacer vivo, vivido y vivible el pensamiento, las acciones, omisiones y pasiones, las virtudes y vicios, los aciertos y errores de un ser humano con una actualidad existencial anterior a la nuestra, que es lo trascendental en este tipo de reconstrucciones científico tecnológicas.

Además, quizás la reconstrucción morfológica del rostro de Bolívar, lleva implícita o manifiesta de alguna forma la torpe pero consecuente intención de insertar en el presente de las sociedades, por una u otra razón, consciente o inconscientemente, personajes, hechos, retazos de su pasado, desprendidos de su contexto histórico; sintetizado es este caso en el eterno fraseo: “Si Bolívar viviera…”

Es que “si Bolívar viviera” no solamente estaría presente ante nosotros el amigo, “el compañero de lucha” idealizado, como algunos han argumentado, sino el ser humano del siglo XIX, y con él, la inevitable confrontación ideológico, cultural y generacional.

Imaginemos que por algún sortilegio Bolívar se hace presente físicamente en cualquier esquina de su Caracas, aborda a un grupo de parroquianos y con la prepotencia y prejuicios mal disimulados de los de su casta, les pregunta –Díganme ustedes si la Nueva Granada y Venezuela han llegado a formar una república central, cuya capital sea Maracaibo, o una nueva ciudad que se hunda entre los confines de ambos países, y también, si al fin los salvajes de esos confines han sido civilizados… (Su más sublime aspiración y su más grande error, pues el ser humano puede vencerse a sí mismo, a sus carencias, vicios, temores e ineficacia, pero no a la naturaleza ni a la historia, ya que estos al final siempre se impondrán con sus tiempos y espacios evolutivos).

De seguidas uno de los presentes responde  –¿Uniones “preta porter”?, qué va, la integración debe ser consecuencia de procesos históricos, no forzadas a sangre y fuego. El ser humano ha evolucionado dentro de ámbitos espaciales y sociales muy estrechos y limitados, siendo ello determinante en su acción y reacción ante los inmensos grupos humanos que le imponen exigencias de relacionamiento más allá de lo que su status evolutivo le permite procesar debida y eficazmente. Por eso las personas dentro de esas grandes sociedades se aíslan, tanto individualmente como desde los grupos diferenciados en que se segregan, resultando en uniones e integraciones falsas, con el filo de la anarquía pendiendo sobre ellas y solamente sostenidas por la fuerza, por conveniencias económicas o por necesidades coyunturales; tal como ocurrió con la conformación de la Gran Colombia, necesaria y útil a los propósitos del proceso independentista, pero falaz y torpe al existir cotidiano de aquellas sociedades nacientes que primero debían definirse desde sus especificidades evolutivas propias, como condición primera de cualquier proceso de integración viable. Siendo sólo con el milagro comunicacional del siglo XX, que se han ampliado los linderos existenciales de las sociedades hasta iniciar a diluir, de una u otra forma, las barreras espaciales, culturales y genéticas que las fraccionan. Y en cuanto a lo de “salvajes”... Salvajes los mantuanos que se jactaban dueños de otros seres humanos, a quienes les descarnaban las espaldas con látigos bestiales, no por cualidad propia sino por ser expresión de quien los fustigaba– concluye el hablante mirando alto con orgullosa dignidad, rematando en certera estocada  –Salvajes los del Toro, los Blanco, los Ibarra, los Ribas…

Ante tan sinceras, libres e irreverentes palabras, Bolívar expresa –¿Quién es este sujeto? ¿Cómo se atreve a insultar a las más nobles, dignas y honorables familias de Caracas?– y de seguidas, sin saber a quién pero con la fuerza de su alcurnia y abolengo, exige –Que lo detengan y lo “paseen” sin camisa por la Plaza Mayor, pidiendo perdón por las ofensas a estas honorables familias, hasta que el sol no hile ni un rayo de luz.

Cuasi orden a la  que nadie acude ni hace caso alguno. Bolívar está descubriendo que la libre opinión de cualquier ciudadano ya no es un delito sino un derecho y garantía; que ahora el sol alumbra a todos por igual; que la luz de la historia ha revelado como oprobiosa a la dignidad humana, a la humanidad, la deleznable conducta de los de su tiempo, de poseer, explotar y disponer, cual bestias de carga, a otros seres humanos, algo a lo cual él hubo sido contrario y criticado en su momento hacia la posteridad, pero ahora el futuro se lo recrimina como horrendo crimen, haciéndole sentir vergüenza por él y por los suyos.

Viéndose Bolívar rodeado de manera irreverente y desprejuicia por tan variopintos personajes, siente el orden y los protocolos sociales rotos. No logra identificar interlocutores acordes a su nivel y categoría. –¿Cómo es posible– se pregunta  –que estas gentes no tengan ubicación de sus grados sociales? ¡¡Cuánta anarquía debe imperar en esta sociedad!!

–¿Quién los gobierna?– enseguida cuestionó?–  –Nosotros mismos– ripostó alguien      –Pero… ¿Quién los manda, a quién obedecen, a vuestra voluntad o a las leyes?–   –A nuestras conciencias–  rápidamente agregó otro  –que determinan nuestras voluntades hacia el ejercicio pleno del derecho primigenio de darnos leyes que construyan cada día una sociedad más justa, igualitaria y libre; no aquellas legislaciones engendradas por el ánimo de dominación y explotación, gestadas desde los intereses y conveniencias de la oligarquía.

Ya dentro de ese manifiesto ambiente de irrespeto e impertinencia, se interroga Bolívar en voz alta  –¿Cómo es posible que estas masas populares tengan conciencia? Es mas difícil, dice Montesquieu, sacar a un pueblo de la servidumbre, que subyugar a uno libre. ¿Serán estas gentes capaces de mantener en equilibrio la difícil carga de una república? ¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado se lance a la esfera de la libertad, sin que, como Ícaro, se le deshagan las alas y recaiga en el abismo?

A lo cual, esta vez en tono más alto y con mayor contundencia, uno de los presentes alega –Tenemos más conciencia que la mayoría de la estirpe mantuana y no menos que aquellos que dieron su vida por nuestra independencia… Esa afirmación, tal y como tú la dices y la atribuyes al noble burgués francés, resulta un sofisma, al no considerar el libre albedrío y el poder soberano de los pueblos, amén de no diferenciar entre la libertad formal, que constituye un enunciado, una posibilidad de ser libre; y entre la libertad existencial, que es la acción de ser libre motorizada hacia su plena posibilidad, hacia su autenticidad ontológica. De tal forma que al ser la libertad una condición de conciencia, no existe fuerza, acto o hecho capaz de redimir verdaderamente a un pueblo, más que él mismo; igualmente, existen pueblos libres sometidos materialmente, y al contrario, los hay pretendidamente libres que no son sino miserables lacayos. Mira nuestro caso, como nación hemos tenido una libertad formalmente instituida, hasta ahora, cuando nuestras conciencias exploran caminos que nos hagan cada día auténticamente libres… Oye compadre…, en realidad la República no pesa un carajo, precisamente, lo que la desequilibra, anquilosa y deslegitima, son los grilletes de nuestros prejuicios, vicios, bajezas, conveniencias, torpezas e ignorancias; por tanto, la República es un espejo en el que nos vemos tales y cuales somos como sociedad... Esto también vale para lo que dices de Ícaro, solamente que las alas de libertad de los pueblos no están unidas con cera, sino por las conciencias de los seres humanos, y cual aves que se arriesgan al aire para poder volar, los pueblos deben vivir las vicisitudes, contradicciones y conflictos que implica la libertad, para poder ser libres.

Atónito e increíblemente un tanto vacilante, Bolívar pregunta afirmando –Perooo…, supongo que al menos cada diez ciudadanos nombran a un elector, y así la nación esté representada por el décimo de sus ciudadanos. Además, cada uno de los electores debe saber escribir sus votaciones, firmar con su nombre y leer las leyes; ha de profesar una ciencia, o un arte que le asegurase un alimento honesto, sin ponerles otras exclusiones que las del crimen, la ociosidad y la ignorancia absoluta. Y aunque resulte triste, después de tantos años algunas cosas parecen ciertas, a saber: América es ingobernable. El que sirve a una revolución ara en el mar. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.

–Qué va– dice alguien  –aquí no valen los gazapos discriminatorios constituyentes de la naciente Bolivia. ¿Quiénes y cuántos sabían leer y escribir en aquella época? ¿Hasta dónde abarcaban esas “ciencias” y esas “artes”? ¿Quiénes y cómo se valoraba el alcance sociojurídico de la honestidad, el crimen, la ociosidad y la ignorancia? Aquí cada ciudadano expresa su voluntad como le venga en gana, sin tutores privilegiados, sea cual sea su oficio. Además, si de honestidad, crimen y ociosidad se trata, la mayoría de aquellos terratenientes no hubiesen podido votar… Respecto de la ignorancia… ¿De cuál de ellas se trata; la formal, establecida y valorada por el criterio de unos pocos, o la existencial, cualificada por la mayor o menor capacidad de sentir su tierra, amar al ser humano y querer la libertad, la justicia, la igualdad y la paz, de vivir a plenitud la fe en Dios?...

–En cuanto a tus “certezas– prosigue el hablante –América…, te referirás a Latinoamérica, es tan ingobernable como injustas, desiguales y oprimidas sean sus sociedades… Lo que ocurre con las revoluciones, es que superan en sus tiempos y alcances históricos la limitada perspectiva de los individuos. ¿Emigrar? por supuesto, los burgueses cosmopolitas apátridas, los oligarcas ya sin vasallos y los corruptos, siempre emprenden huida a las primeras luces de la justicia… ¿Multitud desenfrenada, tiranuelos? cierto, ese es el medio ambiente ideal para la burguesía depredadora… Pareces un chupamedias de los europeos, disculpa, pero te babeas por ellos; que no intenten mancillar esta tierras nuevamente esas naciones decadentes… ¡Veeergaaa!…, qué buenos augurios mi pana…, estás pela’o mijito, si precisamente Latinoamérica hoy constituye una lumbre ética, de esperanza y de frescura existencial para los pueblos del mundo. En relación a lo de primitivos, en verdad ¿Quién lo fue más, el Marqués del Toro, letrado dueño de otros seres humanos, a quienes fustigaba y usufructuaba cual bestias de carga; o José Leonardo, analfabeta luchando por el más primitivo instinto, primigenio derecho y sublime aspiración de ser humano: la libertad?

Bolívar asombrado, compungido y desguarnecido ante tal artillería de verdades, cambia a un tono más conciliador, como buscando una tregua tácita que le permita asimilar los nuevos protocolos sociales, políticos y culturales de estas gentes.

Amigos, dice –Espero que al menos sí hayan optado por un parlamento tricameral, con un senado hereditario y no electivo, que sea la base, el lazo, el alma de la República, para que en las tempestades políticas pare los rayos del gobierno y rechace las olas populares. Sus miembros, educados en colegios especiales como legisladores futuros de la patria, desde su infancia ellos sabrían a qué carrera la providencia los destinaba, desde muy tiernos elevarían su alma a la dignidad que los espera, y siendo adictos al gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opongan siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados. De ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un senado hereditario, que será la base fundamental del poder legislativo...no sólo sería un baluarte de la libertad, sino un apoyo para eternizar la república. Dos cuerpos deliberantes combatirían perpetuamente… y ojalá no hayan seguido a Sieyes optando por una sola cámara, clásico absurdo.

V¡¡Ah vaina!! ¡¡Ahora sí nos jodimos!!– dicen varios al unísono, en artillería cruzada. –Nooo compadre, eso sería entregarle per secula seculorum la República a la burguesía. Es que si obviamos las diferencias socio-político-culturales, estructurales y coyunturales entre nosotros los adultos, ¿con qué lógica, racionalidad y justificación ontológica podemos permitir que se privilegien a unos cuantos niños por sobre la gran mayoría?, cuando en cada uno de ellos, sean del color y origen que sean, está contenida la humanidad en toda su potencialidad y, por ende, la posibilidad plena de la República. ¡¡Carajo!!, ese es el sueño dorado de la élite aristocrática, perpetuarse con vaselina en el status quo. Aquí existían dos cámaras dominadas por la burguesía y las mandamos pa’l coño…Ahora tenemos una sola, a la que puede ser electo cualquier venezolano mayor de edad. ¿¡¡Quéee taall!!? Y respecto a eso de que: “de ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un senado hereditario”;  ¡ponte a creer bacalao!; para la igualdad relativa del oligarca claro que no lo es, pero, desde la plena libertad que todos nosotros aspiramos, el solo hecho de proponerlo constituye una artera lesión a nuestra dignidad.

–Providencia ¿dónde estás? ¿Por qué has abandonado a este pueblo? ¿Cómo has permitido tales aberraciones en esta Venezuela? ¿Dónde están los de mi estirpe? ¿No les da vergüenza ver que unos pobres llaneros sin educación los gobiernen, que teniendo tan noble origen sean inferiores a tanto pobre guerrillero sin más familia que su patria?– El pesado y confuso silencio que acompañó a estas preguntas, no hechas palabras, le recrimina a Bolívar  que busque las respuestas en la preclaridad de su pensamiento.

–Bueno– prosiguió un Bolívar ya conciliador  –en algo debemos coincidir. Díganme ustedes señores– preguntando nuevamente con tono afirmativo –si este nuevo mundo se ha constituido en naciones independientes, ligadas todas por una ley común que fije sus relaciones externas, a los fines de que la fuerza de todos concurra en el auxilio de cualquiera de ellos; si la influencia de origen y de colores han perdido su influencia y poder (por lo que observo esto sí ha ocurrido); si se ha producido la reforma social bajo los auspicios de la libertad y de la paz, y si se ha confiado a la Inglaterra el fiel de esa balanza; si ya las decisiones de Inglaterra son las de la Europa, si al fin ésta ejerce opulento dominio comercial en América, si ya sus ciudadanos se consideran iguales a los ciudadanos de América, si sus relaciones mutuas ya son unas mismas, si el carácter británico y sus costumbres son para los americanos objetos normales a su existencia (aquí evidentemente eso no ha ocurrido) y si ya una sola nación federal cubre el universo. Y también, si ya los estados Unidos han plagado la América de miseria en nombre de la libertad.

–¿En qué mundo vives tú, mi pana?– cuestionó amigablemente uno mientras se colocaba a su lado para explicarle –Mira, el siglo pasado transcurrió entre guerras de alcances mundiales, el surgimiento de nuevas potencias dominadoras, la soviética y la china, y como tú acertadamente lo dices, la plaga gringa continúa sembrando hambre, miseria y guerras, no sólo en estas tierras sino en el mundo entero. A la par ha ocurrido un desarrollo tecnológico indescriptible. Sí, se ha formado un organismo internacional para regular las relaciones y convivencias entre los países, pero en la realidad sólo cinco de ellos deciden el destino del resto, deviniendo en un instrumento de dominación más que de liberación. En cuanto a los ingleses…, veo que los admiras…, déjame decirte que esas ratas forman parte de ese clan de los cinco, son amorales, xenófobos, excluyentes, discriminatorios, y de ñapa, repugnantes; devastaron gran parte del territorio del continente africano, esclavizaron a la India, entraron en guerra contra Argentina y mantienen ocupado parte de su territorio, a nuestra Guyana nos la roban en nuestras narices, bajo la pantomima de una falsa independencia, ah y hasta cañonearon nuestras costas hace ya un siglo, y para colmo, todavía se postran ante una doña a la que llaman reina. La Europa se juntó no para sembrar la libertad y la paz, sino la opresión y la guerra. En verdad la voz cantante de esa “unión” la lleva Alemania, la misma que hace setenta años cometió uno de las crímenes masivos más atroces en los anales de la humanidad, disputándole el primer lugar al horrendo crimen y acto terrorista perpetrado por los gringos, al arrasar con toda su prepotencia las dos inocentes ciudades japonesas, con aquel horroroso engendro de la miseria humana: la bomba atómica. En cuanto a que seamos iguales a los ingleses y tengamos su mismo carácter y costumbres…, por favor, no ofenda caballero, la mixtura de nuestra sangre nos ha dotado de una frescura existencial, moral y ética que comienza a ser norte para el mundo. Aah, y Venezuela hoy sigue dando el ejemplo, al atreverse a la empresa inédita de desarrollar, no meras reformas, sino auténticos cambios pacíficos; lo cual, junto a la creciente integración latinoamericana, clarea el alba del tercer milenio.

Bolívar está confundido, cuántas veces visualizó muchos de estos designios, pero ahora esta realidad avasalla su conciencia y entorpece sus sentidos. Luego quiere cambiar el sentido de la conversación. Los presentes perciben la intención y toman la iniciativa. –Dime compañero ¿de dónde eres, donde está tu familia, cuál es tu nacionalidad, a qué te dedicas, cuál es tu ideología política?

–Ahhh…, de dónde soy– dijo Bolívar mirando a lo lejos, como tratando de abarcar entre el suspiro y la mirada los doscientos años de historia. He recorrido mundo, de cuerpo y pensamiento, más siempre termino siendo un caraqueño de Venezuela. Mi adorada esposa murió de tisis apenas nos casamos, la misma enfermedad que se llevó a mi madre y la misma que me ha acechado siempre. Fui... terrat…comerciante y agricultor; luego alguien que soñaba todo lo grande que quería hacer; después aquel que quiso realizar todo lo que hubo soñado; para terminar como ando, decepcionado y frustrado, sin haber realizado todo lo que soñé y sin haber soñado todo lo que pude realizar. En cuanto a mis creencias políticas…En este momento siento que si punzo algunas de las que hube expresado, con mi conciencia desde esta actualidad histórica, muchas se desinflarían por  falaces y erradas, aunque varias las enmendé en su momento, más los escritos quedan allí como evidencia aunque se haya cambiado de criterios. Digamos que por herencia debí ser monárquico, así lo fueron mis padres y así todos mis antepasados; sin embargo, por circunstancias históricas fui imbuido por el espíritu liberal francés, del cual la necesidad me hizo renegar a favor de criterios autocráticos; aunque siempre a mi pensamiento y espíritu libertario lo movía un huracán que traspasaba esas ideologías hacia una justicia, libertad e igualdad de mayor plenitud, que garantizaran una verdadera paz social. En verdad… no comprendo bien por qué, pero en este momento mi palabra se siente más conforme con mi pensamiento que nunca… Amigos, disculpen ustedes, ¿puede alguien prestarme una mula para ir a la Guarira y embarcarme a la Europa, a ver si en algo se pueden paliar los males de mi cuerpo, que no de mi alma? Yyy… ¿díganme donde está el tinajero, la pila o el pozo, para beber un poco de agua, también la letrina para alivianar mi cuerpo?

–Sentimos lo de tu esposa y tu madre, paisano. Hoy eso no es mortal. Mi esposa sufrió esa enfermedad y ahora está perfectamente de salud, sin pagar ni un bolívar, pues el Estado le suministró todo… En cuanto a lo de los sueños, mira…, el problema es que los seres humanos generalmente pretendemos sustraernos de la evolución, tratando de resumirla en nuestra actualidad, con un principio y un fin; cuando en realidad el existir es sólo un eslabón de un propósito supremo que lo supera y lo integra, constituyendo la humanidad… Compadre, el verdadero valor de lo que hacemos las personas y los pueblos lo asigna la perspectiva histórica. Los pueblos, sumergidos en la acción fáctica de existir, y espiritual de perfeccionarse y trascender, construyen el futuro proyectando evolutivamente el pasado desde toda la potencialidad y posibilidad de su actualidad, es su poder y responsabilidad histórica. En cuanto a tus creencias políticas, sí, como lo expresas, amas y aspiras una justicia, libertad e igualdad más plenas, que garanticen una verdadera paz social, pues eso es la esencia del planteamiento político que Venezuela pretende desarrollar como propuesta al mundo. ¿¡¡En mula!!? Bueno el chiste paisano, así tardarías una semana cuando menos…; por la autopista estas allá en un abrir y cerrar de ojos. Ah verga, en barco echarías un bolón de meses, a menos que lo hagas por turistear, por aire en cuestión de horas estarías en Europa. Pero, si es para tratar tu enfermedad, ¡noo chiico!, aquí mismo, como te he dicho, te curan y te dejan nuevecito, y no te costará nada, pues, para el socialismo el ser humano es lo principal… ¿Dolor en el alma?, todos tenemos tristezas y desilusiones, pero a ello debemos superponer nuestras alegrías, sueños y esperanzas, en eso consiste la sabiduría de ser feliz, ubicar en su justo lugar existencial las tristezas y las alegrías, siempre orientadas por un propósito de fe: Dios… ¿Tienes sed? Vamos todos a la casa a tomarnos un jugo de fresas, con eso vemos quien gana entre Argentina y España…, Ahh, también mandas tu mail amigo, pero no en una letrina…, eso era en tiempos de María Castaño…

Y marcharon todos hacia la vivienda, ya ralentizado en Bolívar el choque conceptual de dos realidades separadas por el inmenso espacio histórico evolutivo que significa el siglo XX, una referencia sin referencia del desarrollo tecnológico, político, social y cultural de la humanidad.

En el cuarto de baño, Bolívar halla la oportunidad para tratar de encausar esos acontecimientos hacia la trascendentabilidad de su espíritu visionario, pues sentía que le faltaba luz para asimilarlos en la plenitud de sus significados. ¡¡Dios mío, qué maravilloso!! Estas familias plebeyas disfrutan millones de veces más comodidades y confort de las que pudo siquiera soñar el más poderoso rey de mi tiempo. Tienen por rutina curarse de enfermedades que diezmaban naciones enteras; hasta la tisis, el verdugo que desdichó mi niñez, troncó parte de mi ser y siempre ha pendido su filo sobre mi ser, es ahora para ellos menos de lo que implica un catarro para nosotros. Se mueven en carruajes extraños movidos por poderosas máquinas alimentadas no por vapor sino por brea, a la que llaman petróleo, del cual, según afirman, están repletas las profundidades de estas tierras, es decir, el Potosí de Venezuela ha estado bajo nuestros pies. Y hasta dicen de carruajes capaces de surcar los cielos. En verdad mi mente está aturdida al ver tan sofisticados artefactos, como el que produce frio, hielo y una neblina densa y gélida, igual a la que difuminaba en acuarela los techos rojos de la Caracas de mi niñez; también aquellos aparatos que se enfundan al cinto y supuestamente permiten realizar una conversación entre personas que se hallen en sitios tan distantes como Bogotá y Lima. Los experimentos de aquel francés, Niépce, del cual tuve alguna noticia, que buscaban grabar imágenes en un sustrato, han sido desarrollados de forma inimaginable, pues no solamente las imágenes se graban con la perfección y realismo de un Velázquez, sino que las transmiten cual eventos reales, con audio y todo, a través de unas cajas mágicas que les permite contemplar, casi al instante, paisajes tan lejanos como el del valle del Nilo, morada de los faraones y cuna de nuestra civilización; además de darles acceso directo a las noticias de la nación y de prácticamente todo el mundo. También, en cualquier esquina pueden adquirir decenas de periódicos y acceder a libros de todo tipo. Pero algo  me asombra y maravilla sobremanera, aseguran que pueden comunicarse al momento con cualquier lugar de la tierra, conversar como si estuviesen de cuerpos presentes y acceder e intercambiar los diferentes saberes y conocimientos de todas las naciones, merced a lo que dicen ellos es como una gran red que los interconecta desde artefactos lanzados tan alto que orbitan la tierra cual lunas, uno de los cuales insólitamente lleva mi nombre. También ostentan como de rutina vestidos y calzados de excelente confección con extraños tejidos y materiales. ¡¡Y todas esas maravillas y lujos en una simple casa plebeya!!...

En este momento sus pensamientos son interrumpidos por la voz preocupada de uno de sus anfitriones. Ahora su problema inmediato es deshacerse de la evidencia que lo delata…, cosa que no tiene idea…, luego de varios intentos acciona la palanca y ¡¡al fin!!

Ya de regreso junto a sus anfitriones al punto del encuentro, ocurre un hecho insólito. De pronto se queda mirando fijamente a un sujeto portando una especie de carpeta improvisada, que avanzaba cruzándose a los que iban.

–¡Oh mi maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson! ¿Es usted? ¡Qué gusto en saludar a un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar al nuevo, sí, a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada no en su corazón sino en su memoria– exclamaba Bolívar con euforia contenida, mientras con pasos nerviosos buscaba abrazarlo.

–Disculpe usted pero creo que está equivocado– aclara sorprendido aquel sujeto, cortando gentilmente el ya medio abrazo. Más confundido que apenado Bolívar se excusa invocando el enorme parecido del personaje con su querido maestro. –No se preocupe usted– responde aquél individuo con voz medio ahogada, como desatando un nudo en su garganta con cada palabra  –Yo también soy maestro, aunque espero que el suyo sea más afortunado. Mire usted a este ciudadano y verá a un quijote luchando contra molinos de prepotencias, ignorancias, intereses bastardos e ineficacia. Hace algunos meses conversé unos minutos con el Presidente y le hablé de mi proyecto para construcción de la verdadera República y de la nueva sociedad socialista, desde la formación del republicano y la concientización del ciudadano hacia los valores colectivos; pero el ministro siempre dice no poder atenderme, no obstante tener instrucciones directas del Presidente y en el Ministerio ya ponen caras amargas cuando llego. Pero lo que me trae más decepcionado que ofendido es la orden entredientes, cobarde y vasalla de “desháganse de ese loco”, dada por un prepotente y emperifollado funcionario de segunda categoría, administrativamente, porque humanamente pisa terrenos fangosos. De cierto le digo, respetable ciudadano, que entre la locura y la cordura existe un paso, el mismo que hay entre la deshonestidad y la honestidad, o entre un socialismo etéreo y un capitalismo eufemístico. De lo que estoy seguro es que siempre por acción y convicción, he estado y estaré un paso adelante, del lado de las virtudes, de los valores, de los principios y del buen juicio… Que tenga usted una buena tarde, respetable ciudadano…

Marchóse aquel sujeto con su contrariado y cuasi errante andar. Bolívar lo seguía con la mirada como queriéndolo encuadrar al punto de fuga del horizonte, sitio natural de estos seres de pensamiento preclaro y honesto que se constituyen en faros para los pueblos, mientras la conveniencia, la prepotencia y la miseria humana los pretenden acallar y aniquilar. Y con su mente divagando en los recuerdos, atina a pensar –Definitivamente los Robinson continúan andando y alumbrando, igual a Diógenes, conciencias por los caminos de la patria, siendo como el aire para las revoluciones, no se ven y se desprecian pero son vitales para sus existencias.

–Eso suele pasar– le dijo uno de los presentes, a la vez que con dos leves palmadas en su hombro lo sustraía de sus hondos pensamientos –A veces pareciera que la historia duplica los personajes, sus acciones y reacciones, cambiando únicamente las circunstancias. Es que la naturaleza humana sigue siendo esencialmente la misma– continuó diciendo el hablante, mirando al que se alejaba mientras retomaba el paso junto a Bolívar. Prosiguiendo –Tú mismo, tienes un inmenso parecido con…, inclusive, si tuvieras el traje de la época diría que eres él… El más grande hombre que ha parido esta ciudad, esta patria y este continente. El libertador de cinco naciones y redentor de las conciencias de los pueblos. Más grande que Alejandro y Napoleón, quienes, bajo el pretexto de libertad, oprimían pueblos para buscar su “grandeza” personal y la de una nación; mientras que él, desde la valentía, nobleza, conciencia y espiritualidad de una nación, sembró libertad para vencer la opresión en los pueblos. El que con su ejemplo y su pensamiento es destellante faro para este proceso de cambios, de refundación de la verdadera República. El que no es solamente él, sino también Sucre, Páez, Piar, Girardot, Camejo, Mariño, Rondón, Urdaneta, Plaza… y todos aquellos que superando sus diferencias, vicios, temores, odios y rencores, asumieron la responsabilidad de iniciar esta égida por la libertad, que más que un deber de lucha es un compromiso de fe. El que signa con su nombre y estampa todas las plazas principales. El que da lumbre a las revoluciones de este continente y más allá de los mares: El Libertador, Simón Bolívar.

La voz se le ahoga a Bolívar, sus sentidos se congestionan, se aturde el pensamiento y la razón entra en un vaivén de juicios y silogismos, buscando racionalidad en lo irracional, pretendiendo explicación de lo inexplicable, es Bolívar contra Bolívar –Esa es la causa de mis angustias– se dijo muy profundo, para sus adentros  –la lucha entre mi pensamiento, mi espiritualidad; y mi cuerpo, mi materialidad. Es la eterna dialéctica entre lo que el ser humano potencialmente es capaz de hacer y lo que los límites físicos, conceptuales, axiológicos, epistemológicos, éticos, culturales y espirituales que le impone su circunstancia histórica, le permiten hacer; cuyo resultado, en mayor o menor grado y aún por el sólo hecho de producirse, constituye un bien al peculio evolutivo de las personas y de las sociedades, tanto por sus hechos, que nunca son definitivos, como por los postulados políticos, sueños, aspiraciones, creencias y valores que los impulsan; porque, en fin, la evolución es una verdad en construcción perenne y no podemos pretender resumirla en un estadio evolutivo dado, so riesgo de terminar decepcionados y frustrados.

Dios mío, esa es la perspectiva ontológica que no pude divisar desde el estrecho espacio histórico en que se produjo esa vorágine de acontecimientos que nos arrollo a su paso, y también por los intrincados y umbríos senderos que lo conformaron. Por Dios, la obra de la independencia, la liberación del yugo Español, la conformación de nuestra patria, de nuestra nacionalidad, y también, de alguna forma, aquella torpe y falaz República; todo ello fue una obra portentosa y un maravilloso logro evolutivo, que constituye el fundamento físico, moral y ético en el cual estas generaciones asientan sus maravillosos avances sociales, políticos, culturales y científicos. Ciego, injusto, torpe y mezquino he sido al considerarme un fracasado por los sueños no alcanzados, en vez de sentirme triunfador por la hermosa realidad construida. Esa independencia fue la grande obra que nos deparó la providencia, lo siguiente no estaba al alcance de nuestro momento existencial, ella debía ineluctablemente transitar los senderos de la historia, y aún hoy está siendo hermosa y sublimemente replanteada, en una Venezuela que, dentro del contexto, hace realidad mis sueños, aspiraciones, pensamientos y espiritualidad. Es que la contradicción entre mi ser físico y el espiritual, que me angustió tanto, en verdad responde a una simple ecuación existencial que confronta la realidad con los valores y principios universales que intuimos, siendo el resultado el motor que impulsa toda revolución. Definitivamente, nuestras existencias no se limitan a su actualidad sino que trascienden tan alto y tan lejos como lo sean nuestros sueños, esperanzas y fe.

Y con estas últimas frases ahogándose en el respetuoso silencio que inunda el ambiente, Bolívar retoma su marcha, únicamente deja su mirada de padre y maestro a los presentes, llevándose la fortaleza, la dicha y el desahogo existencial de sus enseñanzas. ¡¡Cuánto ha aprendido!! Un hasta luego tácito va quedando tras él, al desdibujarse en el aire su ser físico hacia el pretérito que lo reclama; pues su ejemplo, su pensamiento y su espiritualidad, continuarán con ellos vivos por siempre en sus conciencias, inspirando libertad, gestando revoluciones.



Referencias.
Cartas, discursos, memorias y pensamientos de Simón Bolívar. Orden Cronológico:

Memoria dirigida a los Ciudadanos de la Nueva Granada por un Caraqueño.
Cartagena de Indias, 15 de diciembre de 1812.

Carta de Jamaica.
Kingston, 6 de septiembre de 1815.

Discurso pronunciado ante el Congreso de Angostura.
15 de febrero de 1819.

Carta a Pedro Gual.
Maracaibo 16 de septiembre de 1821.

Carta a Simón Rodríguez.
Pativilca 19 enero 1824.

Carta a su tío Esteban Palacios.
Cuzco, 10 de julio de 1825.

Un pensamiento sobre el Congreso de Panamá. 1826.

Mensaje del Libertador al Congreso Constituyente de Bolivia.
Lima, 25 de mayo de 1826.

Carta a Anacleto Clemente.
Lima 29 de mayo de 1826.

Carta a su antiguo edecán Daniel Florencio O’Leary.
Guayaquil, el 13 de septiembre de 1829.

Mensaje al Congreso Constituyente de la República de Colombia.
Bogotá 20 de enero de 1830.

Carta al General Juan José Flores
Barranquilla, 9 de noviembre de 1830.

Javier A. Rodríguez G.


La palabra escrita se independiza del autor y trasciende las barreras del espacio tiempo, haciéndose evidencia que delata el pensamiento y desnuda los sentimientos.(Javier A. Rodríguez G.)