Quise olvidar tu obra,
pero es demasiado sublime
para que no esté en mi conciencia.
Quise seguir a ciegas tu ejemplo,
pero debo aprender de tus errores.
Tu mejor ejemplo es la disconformidad
y la irreverencia.
Quise creerte un Dios
pero eras tan miserable.
Quiero creerte humano,
y resultas venerable.
Queriendo hallar una estrella en el fondo del mar,
encontré tu espíritu de justicia e igualdad.
Queriendo sembrar un árbol en el espacio infinito,
allí estaba tu amor por la humanidad
Queriendo cantarte una canción de adiós,
mi voz manaba esperanza.
Quiero un mundo mejor.
La sociedad más justa.
Más feliz el ser humano.
El niño que sonría.
En vez de odio, amor.
Viviendo todos como hermanos.
Quiero ser tan grande como tu,
pero debo superarte. Avanzando
sobre tu eterno legado.
Javier A. Rodríguez G.
La palabra escrita se independiza del autor y trasciende las barreras del espacio tiempo, haciéndose evidencia que delata el pensamiento y desnuda los sentimientos.(Javier A. Rodríguez G.)
martes, 14 de junio de 2011
lunes, 17 de enero de 2011
Desengaño
Detiene el silencio su pensamiento.
Desgrana la ausencia el corazón.
Consúmele la tristeza el sentimiento.
Desvanece el infinito la inspiración.
La sed, el hambre, las ganas de ella,
diluyénse en desilución.
La tristeza abraza el aire,
mientras el olvido
hace recuerdo su grande amor.
Desgrana la ausencia el corazón.
Consúmele la tristeza el sentimiento.
Desvanece el infinito la inspiración.
La sed, el hambre, las ganas de ella,
diluyénse en desilución.
La tristeza abraza el aire,
mientras el olvido
hace recuerdo su grande amor.
sábado, 8 de enero de 2011
Envidia
Siento envidia de la luz del sol,
en tus bellos ojos reflejada.
Siento envidia del agua,
corriendo por tu garganta como cascada.
Siento envidia del aire que respiras.
Siento envidia de tu lengua,
entre tus labios aprisionada.
Siento envidia del espejo,
que tiene tu estampa.
¡¡Siento envidia de Dios!!
porque posee tu alma.
Siento envidia de todo y todos
los que tienen algo de ti,
porque yo no tengo nada.
Javier A. Rodríguez G.
en tus bellos ojos reflejada.
Siento envidia del agua,
corriendo por tu garganta como cascada.
Siento envidia del aire que respiras.
Siento envidia de tu lengua,
entre tus labios aprisionada.
Siento envidia del espejo,
que tiene tu estampa.
¡¡Siento envidia de Dios!!
porque posee tu alma.
Siento envidia de todo y todos
los que tienen algo de ti,
porque yo no tengo nada.
Javier A. Rodríguez G.
viernes, 24 de diciembre de 2010
La balanza del Abuelo
Parece que fue ayer cuando junto al abuelo transitaba el tiempo bajo
el enorme almendro. Cabalgando la palabra nos elevábamos hasta la magia de la
imaginación, descendiendo siempre a la sabia lección, el aprendizaje. La
moraleja es…, sentenciaba el abuelo a manera de epilogo, para luego
marchar y regresar el domingo siguiente, en un compromiso sin letras ni
palabras, únicamente signado por la necesidad de perpetuar el pensamiento, de
seguir hilando la perennidad de la vida.
En mi mente se hace hoy el día cuando la sabiduría del abuelo construyó aquel juguete que marcaría mi vida para siempre. Con algunas piezas de madera hizo aquella pequeña balanza y la fijó al almendro de tal forma que oscilara. ¿Qué es eso? Le pregunté –una balanza– dijo, ahogando con su silencio cualquier comentario, esperando que mi curiosidad hallara el sentido real del artefacto.
Luego mi memoria estampa cuando tomó el abuelo una pequeña piedra y la colocó en un extremo de la balanza. ¿Por qué haces eso?, no ves que una parte queda más baja que la otra, le dije.
–Precisamente, quiero que comprendas que esa piedra representa las injusticias. Así como esa balanza es el mundo, injusto– respondió el abuelo.
Entonces interrogué: ¿qué se coloca en el otro extremo para que sea justo?..., y sin esperar respuesta tomé otra piedra para compensar la balanza, pero el abuelo me detuvo sentenciando:
–La justicia es una actividad constante, mira, pon tu mano sobre ese extremo y presiona hasta que se nivele, ves que lo lograste, esa es tu voluntad, si lo deseas puedes hacer justicia, todo es cuestión de quererlo profundamente.
Pero, si las injusticias fuesen muy pesadas seguramente no podría yo solo nivelarle, argumenté con avivada curiosidad
–Cierto– dijo el abuelo con su aleccionadora mirada, y poniendo su mano sobre el extremo de la balanza la presionó pero sin completar su equilibrio –Ahora coloca la tuya– dijo –y presiona hasta lograr nivelarla. ¿Te das cuenta, que sumando voluntades podemos luchar y vencer las injusticias sea cual fuere su tamaño o cantidad?
Así ambas manos sobre la balanza, así dos voluntades sumadas hacia lo justo, así crecía inmenso mi afecto hacia el abuelo, así valoraba cada días más la justicia.
Esa tarde marcó indeleblemente mi vida, aunque entonces no comprendía exactamente el significado de lo justo y lo injusto, más que todo lo asimilaba a lo malo y lo bueno. Y para ser sincero, hoy, a pesar de haber leído inmensos tratados respecto a la justicia, sigo sin poder precisar con exactitud las palabras que definan la justicia en su plenitud.
Aún están en mi memoria aquellas tardes aciagas cuando el abuelo por siempre no estaría, y las horas que permanecía en mi ventana mirando el almendro hasta que la luna filtraba sus ramas y convergía en la pequeña balanza, que en su blanco resplandeciente era la luz de la sabiduría del abuelo.
Los años pasados parecen instantes. Cuán útiles fueron los consejos del abuelo en mis estudios de la ciencia de la justicia. Ahora enfrento la realidad, cruda, descarnada, pero hermosa, siempre sometida a los ideales y valores humanos. Esa es la verdadera grandeza del hombre, imponerse a sus vicios y carencias existenciales. Despertar cada día sabiendo que podemos ser mejores.
Y en momentos como este, en los que siento que la realidad me avasalla y mi voluntad trata de rendirse a la injusticia; pienso en el abuelo, en sus sabios consejos, vengo bajo el enorme almendro a esclarecer mi conciencia, a fortalecer mi voluntad, a poner mi mano en el extremo de la ya roída balanza para sentir también la del abuelo, recordándome que la justicia es posible, que siempre en cualquier sitio existen personas con la voluntad de hacer un mundo mas justo, pacifico y feliz.
Javier A. Rodríguez G.
En mi mente se hace hoy el día cuando la sabiduría del abuelo construyó aquel juguete que marcaría mi vida para siempre. Con algunas piezas de madera hizo aquella pequeña balanza y la fijó al almendro de tal forma que oscilara. ¿Qué es eso? Le pregunté –una balanza– dijo, ahogando con su silencio cualquier comentario, esperando que mi curiosidad hallara el sentido real del artefacto.
Luego mi memoria estampa cuando tomó el abuelo una pequeña piedra y la colocó en un extremo de la balanza. ¿Por qué haces eso?, no ves que una parte queda más baja que la otra, le dije.
–Precisamente, quiero que comprendas que esa piedra representa las injusticias. Así como esa balanza es el mundo, injusto– respondió el abuelo.
Entonces interrogué: ¿qué se coloca en el otro extremo para que sea justo?..., y sin esperar respuesta tomé otra piedra para compensar la balanza, pero el abuelo me detuvo sentenciando:
–La justicia es una actividad constante, mira, pon tu mano sobre ese extremo y presiona hasta que se nivele, ves que lo lograste, esa es tu voluntad, si lo deseas puedes hacer justicia, todo es cuestión de quererlo profundamente.
Pero, si las injusticias fuesen muy pesadas seguramente no podría yo solo nivelarle, argumenté con avivada curiosidad
–Cierto– dijo el abuelo con su aleccionadora mirada, y poniendo su mano sobre el extremo de la balanza la presionó pero sin completar su equilibrio –Ahora coloca la tuya– dijo –y presiona hasta lograr nivelarla. ¿Te das cuenta, que sumando voluntades podemos luchar y vencer las injusticias sea cual fuere su tamaño o cantidad?
Así ambas manos sobre la balanza, así dos voluntades sumadas hacia lo justo, así crecía inmenso mi afecto hacia el abuelo, así valoraba cada días más la justicia.
Esa tarde marcó indeleblemente mi vida, aunque entonces no comprendía exactamente el significado de lo justo y lo injusto, más que todo lo asimilaba a lo malo y lo bueno. Y para ser sincero, hoy, a pesar de haber leído inmensos tratados respecto a la justicia, sigo sin poder precisar con exactitud las palabras que definan la justicia en su plenitud.
Aún están en mi memoria aquellas tardes aciagas cuando el abuelo por siempre no estaría, y las horas que permanecía en mi ventana mirando el almendro hasta que la luna filtraba sus ramas y convergía en la pequeña balanza, que en su blanco resplandeciente era la luz de la sabiduría del abuelo.
Los años pasados parecen instantes. Cuán útiles fueron los consejos del abuelo en mis estudios de la ciencia de la justicia. Ahora enfrento la realidad, cruda, descarnada, pero hermosa, siempre sometida a los ideales y valores humanos. Esa es la verdadera grandeza del hombre, imponerse a sus vicios y carencias existenciales. Despertar cada día sabiendo que podemos ser mejores.
Y en momentos como este, en los que siento que la realidad me avasalla y mi voluntad trata de rendirse a la injusticia; pienso en el abuelo, en sus sabios consejos, vengo bajo el enorme almendro a esclarecer mi conciencia, a fortalecer mi voluntad, a poner mi mano en el extremo de la ya roída balanza para sentir también la del abuelo, recordándome que la justicia es posible, que siempre en cualquier sitio existen personas con la voluntad de hacer un mundo mas justo, pacifico y feliz.
Javier A. Rodríguez G.
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La palabra escrita se independiza del autor y trasciende las barreras del espacio tiempo, haciéndose evidencia que delata el pensamiento y desnuda los sentimientos.(Javier A. Rodríguez G.)