jueves, 15 de noviembre de 2012

¡SI BOLÍVAR VIVIERA!...

El ser humano absoluto es una hermosa metáfora de sí mismo, en la sublime posibilidad de su imagen y semejanza con Dios. Pero el ser humano actual necesariamente está referido a una existencia concreta, a un tiempo histórico determinado, a “su circunstancia”, como diría Ortega y Gasset.

Dejando atrás los criterios deterministas, podemos afirmar que el ser humano es una expresión evolutiva específica, es decir, se construye ontológicamente a cada momento histórico, sin agotarse nunca su posibilidad de ser, siendo lo que ha sido y lo que será, constituyendo ello precisamente su “actualidad”, ser expresión del pasado y proyección del futuro, lo cual le otorga el privilegio de expresar evolutivamente a los que existieron, pero también, la responsabilidad de ser posibilidad evolutiva del futuro. Por eso es que evolucionamos al escudriñar y conocer nuestro pasado, por eso la historia construye ontológicamente al ser humano.

Teniendo eso en cuenta vemos que la “realización” del rostro de El Libertador a partir de sus restos óseos, no responde a una insulsa intención fetichista, ni siquiera constituye una “digitalización” científica, como algunos la han tildado, pues la digitalización es un medio y no un fin; sino que expresa la intención de “actualizar” históricamente, de concretar la morfología del rostro de un hombre que existió hace doscientos años, y con ello, la consecuencia necesaria de proyectarlo con toda su circunstancia existencial en nuestra realidad evolutiva, es decir, traspasar los linderos mismos del espacio y del tiempo para hacer vivo, vivido y vivible el pensamiento, las acciones, omisiones y pasiones, las virtudes y vicios, los aciertos y errores de un ser humano con una actualidad existencial anterior a la nuestra, que es lo trascendental en este tipo de reconstrucciones científico tecnológicas.

Además, quizás la reconstrucción morfológica del rostro de Bolívar, lleva implícita o manifiesta de alguna forma la torpe pero consecuente intención de insertar en el presente de las sociedades, por una u otra razón, consciente o inconscientemente, personajes, hechos, retazos de su pasado, desprendidos de su contexto histórico; sintetizado es este caso en el eterno fraseo: “Si Bolívar viviera…”

Es que “si Bolívar viviera” no solamente estaría presente ante nosotros el amigo, “el compañero de lucha” idealizado, como algunos han argumentado, sino el ser humano del siglo XIX, y con él, la inevitable confrontación ideológico, cultural y generacional.

Imaginemos que por algún sortilegio Bolívar se hace presente físicamente en cualquier esquina de su Caracas, aborda a un grupo de parroquianos y con la prepotencia y prejuicios mal disimulados de los de su casta, les pregunta –Díganme ustedes si la Nueva Granada y Venezuela han llegado a formar una república central, cuya capital sea Maracaibo, o una nueva ciudad que se hunda entre los confines de ambos países, y también, si al fin los salvajes de esos confines han sido civilizados… (Su más sublime aspiración y su más grande error, pues el ser humano puede vencerse a sí mismo, a sus carencias, vicios, temores e ineficacia, pero no a la naturaleza ni a la historia, ya que estos al final siempre se impondrán con sus tiempos y espacios evolutivos).

De seguidas uno de los presentes responde  –¿Uniones “preta porter”?, qué va, la integración debe ser consecuencia de procesos históricos, no forzadas a sangre y fuego. El ser humano ha evolucionado dentro de ámbitos espaciales y sociales muy estrechos y limitados, siendo ello determinante en su acción y reacción ante los inmensos grupos humanos que le imponen exigencias de relacionamiento más allá de lo que su status evolutivo le permite procesar debida y eficazmente. Por eso las personas dentro de esas grandes sociedades se aíslan, tanto individualmente como desde los grupos diferenciados en que se segregan, resultando en uniones e integraciones falsas, con el filo de la anarquía pendiendo sobre ellas y solamente sostenidas por la fuerza, por conveniencias económicas o por necesidades coyunturales; tal como ocurrió con la conformación de la Gran Colombia, necesaria y útil a los propósitos del proceso independentista, pero falaz y torpe al existir cotidiano de aquellas sociedades nacientes que primero debían definirse desde sus especificidades evolutivas propias, como condición primera de cualquier proceso de integración viable. Siendo sólo con el milagro comunicacional del siglo XX, que se han ampliado los linderos existenciales de las sociedades hasta iniciar a diluir, de una u otra forma, las barreras espaciales, culturales y genéticas que las fraccionan. Y en cuanto a lo de “salvajes”... Salvajes los mantuanos que se jactaban dueños de otros seres humanos, a quienes les descarnaban las espaldas con látigos bestiales, no por cualidad propia sino por ser expresión de quien los fustigaba– concluye el hablante mirando alto con orgullosa dignidad, rematando en certera estocada  –Salvajes los del Toro, los Blanco, los Ibarra, los Ribas…

Ante tan sinceras, libres e irreverentes palabras, Bolívar expresa –¿Quién es este sujeto? ¿Cómo se atreve a insultar a las más nobles, dignas y honorables familias de Caracas?– y de seguidas, sin saber a quién pero con la fuerza de su alcurnia y abolengo, exige –Que lo detengan y lo “paseen” sin camisa por la Plaza Mayor, pidiendo perdón por las ofensas a estas honorables familias, hasta que el sol no hile ni un rayo de luz.

Cuasi orden a la  que nadie acude ni hace caso alguno. Bolívar está descubriendo que la libre opinión de cualquier ciudadano ya no es un delito sino un derecho y garantía; que ahora el sol alumbra a todos por igual; que la luz de la historia ha revelado como oprobiosa a la dignidad humana, a la humanidad, la deleznable conducta de los de su tiempo, de poseer, explotar y disponer, cual bestias de carga, a otros seres humanos, algo a lo cual él hubo sido contrario y criticado en su momento hacia la posteridad, pero ahora el futuro se lo recrimina como horrendo crimen, haciéndole sentir vergüenza por él y por los suyos.

Viéndose Bolívar rodeado de manera irreverente y desprejuicia por tan variopintos personajes, siente el orden y los protocolos sociales rotos. No logra identificar interlocutores acordes a su nivel y categoría. –¿Cómo es posible– se pregunta  –que estas gentes no tengan ubicación de sus grados sociales? ¡¡Cuánta anarquía debe imperar en esta sociedad!!

–¿Quién los gobierna?– enseguida cuestionó?–  –Nosotros mismos– ripostó alguien      –Pero… ¿Quién los manda, a quién obedecen, a vuestra voluntad o a las leyes?–   –A nuestras conciencias–  rápidamente agregó otro  –que determinan nuestras voluntades hacia el ejercicio pleno del derecho primigenio de darnos leyes que construyan cada día una sociedad más justa, igualitaria y libre; no aquellas legislaciones engendradas por el ánimo de dominación y explotación, gestadas desde los intereses y conveniencias de la oligarquía.

Ya dentro de ese manifiesto ambiente de irrespeto e impertinencia, se interroga Bolívar en voz alta  –¿Cómo es posible que estas masas populares tengan conciencia? Es mas difícil, dice Montesquieu, sacar a un pueblo de la servidumbre, que subyugar a uno libre. ¿Serán estas gentes capaces de mantener en equilibrio la difícil carga de una república? ¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado se lance a la esfera de la libertad, sin que, como Ícaro, se le deshagan las alas y recaiga en el abismo?

A lo cual, esta vez en tono más alto y con mayor contundencia, uno de los presentes alega –Tenemos más conciencia que la mayoría de la estirpe mantuana y no menos que aquellos que dieron su vida por nuestra independencia… Esa afirmación, tal y como tú la dices y la atribuyes al noble burgués francés, resulta un sofisma, al no considerar el libre albedrío y el poder soberano de los pueblos, amén de no diferenciar entre la libertad formal, que constituye un enunciado, una posibilidad de ser libre; y entre la libertad existencial, que es la acción de ser libre motorizada hacia su plena posibilidad, hacia su autenticidad ontológica. De tal forma que al ser la libertad una condición de conciencia, no existe fuerza, acto o hecho capaz de redimir verdaderamente a un pueblo, más que él mismo; igualmente, existen pueblos libres sometidos materialmente, y al contrario, los hay pretendidamente libres que no son sino miserables lacayos. Mira nuestro caso, como nación hemos tenido una libertad formalmente instituida, hasta ahora, cuando nuestras conciencias exploran caminos que nos hagan cada día auténticamente libres… Oye compadre…, en realidad la República no pesa un carajo, precisamente, lo que la desequilibra, anquilosa y deslegitima, son los grilletes de nuestros prejuicios, vicios, bajezas, conveniencias, torpezas e ignorancias; por tanto, la República es un espejo en el que nos vemos tales y cuales somos como sociedad... Esto también vale para lo que dices de Ícaro, solamente que las alas de libertad de los pueblos no están unidas con cera, sino por las conciencias de los seres humanos, y cual aves que se arriesgan al aire para poder volar, los pueblos deben vivir las vicisitudes, contradicciones y conflictos que implica la libertad, para poder ser libres.

Atónito e increíblemente un tanto vacilante, Bolívar pregunta afirmando –Perooo…, supongo que al menos cada diez ciudadanos nombran a un elector, y así la nación esté representada por el décimo de sus ciudadanos. Además, cada uno de los electores debe saber escribir sus votaciones, firmar con su nombre y leer las leyes; ha de profesar una ciencia, o un arte que le asegurase un alimento honesto, sin ponerles otras exclusiones que las del crimen, la ociosidad y la ignorancia absoluta. Y aunque resulte triste, después de tantos años algunas cosas parecen ciertas, a saber: América es ingobernable. El que sirve a una revolución ara en el mar. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.

–Qué va– dice alguien  –aquí no valen los gazapos discriminatorios constituyentes de la naciente Bolivia. ¿Quiénes y cuántos sabían leer y escribir en aquella época? ¿Hasta dónde abarcaban esas “ciencias” y esas “artes”? ¿Quiénes y cómo se valoraba el alcance sociojurídico de la honestidad, el crimen, la ociosidad y la ignorancia? Aquí cada ciudadano expresa su voluntad como le venga en gana, sin tutores privilegiados, sea cual sea su oficio. Además, si de honestidad, crimen y ociosidad se trata, la mayoría de aquellos terratenientes no hubiesen podido votar… Respecto de la ignorancia… ¿De cuál de ellas se trata; la formal, establecida y valorada por el criterio de unos pocos, o la existencial, cualificada por la mayor o menor capacidad de sentir su tierra, amar al ser humano y querer la libertad, la justicia, la igualdad y la paz, de vivir a plenitud la fe en Dios?...

–En cuanto a tus “certezas– prosigue el hablante –América…, te referirás a Latinoamérica, es tan ingobernable como injustas, desiguales y oprimidas sean sus sociedades… Lo que ocurre con las revoluciones, es que superan en sus tiempos y alcances históricos la limitada perspectiva de los individuos. ¿Emigrar? por supuesto, los burgueses cosmopolitas apátridas, los oligarcas ya sin vasallos y los corruptos, siempre emprenden huida a las primeras luces de la justicia… ¿Multitud desenfrenada, tiranuelos? cierto, ese es el medio ambiente ideal para la burguesía depredadora… Pareces un chupamedias de los europeos, disculpa, pero te babeas por ellos; que no intenten mancillar esta tierras nuevamente esas naciones decadentes… ¡Veeergaaa!…, qué buenos augurios mi pana…, estás pela’o mijito, si precisamente Latinoamérica hoy constituye una lumbre ética, de esperanza y de frescura existencial para los pueblos del mundo. En relación a lo de primitivos, en verdad ¿Quién lo fue más, el Marqués del Toro, letrado dueño de otros seres humanos, a quienes fustigaba y usufructuaba cual bestias de carga; o José Leonardo, analfabeta luchando por el más primitivo instinto, primigenio derecho y sublime aspiración de ser humano: la libertad?

Bolívar asombrado, compungido y desguarnecido ante tal artillería de verdades, cambia a un tono más conciliador, como buscando una tregua tácita que le permita asimilar los nuevos protocolos sociales, políticos y culturales de estas gentes.

Amigos, dice –Espero que al menos sí hayan optado por un parlamento tricameral, con un senado hereditario y no electivo, que sea la base, el lazo, el alma de la República, para que en las tempestades políticas pare los rayos del gobierno y rechace las olas populares. Sus miembros, educados en colegios especiales como legisladores futuros de la patria, desde su infancia ellos sabrían a qué carrera la providencia los destinaba, desde muy tiernos elevarían su alma a la dignidad que los espera, y siendo adictos al gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opongan siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados. De ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un senado hereditario, que será la base fundamental del poder legislativo...no sólo sería un baluarte de la libertad, sino un apoyo para eternizar la república. Dos cuerpos deliberantes combatirían perpetuamente… y ojalá no hayan seguido a Sieyes optando por una sola cámara, clásico absurdo.

V¡¡Ah vaina!! ¡¡Ahora sí nos jodimos!!– dicen varios al unísono, en artillería cruzada. –Nooo compadre, eso sería entregarle per secula seculorum la República a la burguesía. Es que si obviamos las diferencias socio-político-culturales, estructurales y coyunturales entre nosotros los adultos, ¿con qué lógica, racionalidad y justificación ontológica podemos permitir que se privilegien a unos cuantos niños por sobre la gran mayoría?, cuando en cada uno de ellos, sean del color y origen que sean, está contenida la humanidad en toda su potencialidad y, por ende, la posibilidad plena de la República. ¡¡Carajo!!, ese es el sueño dorado de la élite aristocrática, perpetuarse con vaselina en el status quo. Aquí existían dos cámaras dominadas por la burguesía y las mandamos pa’l coño…Ahora tenemos una sola, a la que puede ser electo cualquier venezolano mayor de edad. ¿¡¡Quéee taall!!? Y respecto a eso de que: “de ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un senado hereditario”;  ¡ponte a creer bacalao!; para la igualdad relativa del oligarca claro que no lo es, pero, desde la plena libertad que todos nosotros aspiramos, el solo hecho de proponerlo constituye una artera lesión a nuestra dignidad.

–Providencia ¿dónde estás? ¿Por qué has abandonado a este pueblo? ¿Cómo has permitido tales aberraciones en esta Venezuela? ¿Dónde están los de mi estirpe? ¿No les da vergüenza ver que unos pobres llaneros sin educación los gobiernen, que teniendo tan noble origen sean inferiores a tanto pobre guerrillero sin más familia que su patria?– El pesado y confuso silencio que acompañó a estas preguntas, no hechas palabras, le recrimina a Bolívar  que busque las respuestas en la preclaridad de su pensamiento.

–Bueno– prosiguió un Bolívar ya conciliador  –en algo debemos coincidir. Díganme ustedes señores– preguntando nuevamente con tono afirmativo –si este nuevo mundo se ha constituido en naciones independientes, ligadas todas por una ley común que fije sus relaciones externas, a los fines de que la fuerza de todos concurra en el auxilio de cualquiera de ellos; si la influencia de origen y de colores han perdido su influencia y poder (por lo que observo esto sí ha ocurrido); si se ha producido la reforma social bajo los auspicios de la libertad y de la paz, y si se ha confiado a la Inglaterra el fiel de esa balanza; si ya las decisiones de Inglaterra son las de la Europa, si al fin ésta ejerce opulento dominio comercial en América, si ya sus ciudadanos se consideran iguales a los ciudadanos de América, si sus relaciones mutuas ya son unas mismas, si el carácter británico y sus costumbres son para los americanos objetos normales a su existencia (aquí evidentemente eso no ha ocurrido) y si ya una sola nación federal cubre el universo. Y también, si ya los estados Unidos han plagado la América de miseria en nombre de la libertad.

–¿En qué mundo vives tú, mi pana?– cuestionó amigablemente uno mientras se colocaba a su lado para explicarle –Mira, el siglo pasado transcurrió entre guerras de alcances mundiales, el surgimiento de nuevas potencias dominadoras, la soviética y la china, y como tú acertadamente lo dices, la plaga gringa continúa sembrando hambre, miseria y guerras, no sólo en estas tierras sino en el mundo entero. A la par ha ocurrido un desarrollo tecnológico indescriptible. Sí, se ha formado un organismo internacional para regular las relaciones y convivencias entre los países, pero en la realidad sólo cinco de ellos deciden el destino del resto, deviniendo en un instrumento de dominación más que de liberación. En cuanto a los ingleses…, veo que los admiras…, déjame decirte que esas ratas forman parte de ese clan de los cinco, son amorales, xenófobos, excluyentes, discriminatorios, y de ñapa, repugnantes; devastaron gran parte del territorio del continente africano, esclavizaron a la India, entraron en guerra contra Argentina y mantienen ocupado parte de su territorio, a nuestra Guyana nos la roban en nuestras narices, bajo la pantomima de una falsa independencia, ah y hasta cañonearon nuestras costas hace ya un siglo, y para colmo, todavía se postran ante una doña a la que llaman reina. La Europa se juntó no para sembrar la libertad y la paz, sino la opresión y la guerra. En verdad la voz cantante de esa “unión” la lleva Alemania, la misma que hace setenta años cometió uno de las crímenes masivos más atroces en los anales de la humanidad, disputándole el primer lugar al horrendo crimen y acto terrorista perpetrado por los gringos, al arrasar con toda su prepotencia las dos inocentes ciudades japonesas, con aquel horroroso engendro de la miseria humana: la bomba atómica. En cuanto a que seamos iguales a los ingleses y tengamos su mismo carácter y costumbres…, por favor, no ofenda caballero, la mixtura de nuestra sangre nos ha dotado de una frescura existencial, moral y ética que comienza a ser norte para el mundo. Aah, y Venezuela hoy sigue dando el ejemplo, al atreverse a la empresa inédita de desarrollar, no meras reformas, sino auténticos cambios pacíficos; lo cual, junto a la creciente integración latinoamericana, clarea el alba del tercer milenio.

Bolívar está confundido, cuántas veces visualizó muchos de estos designios, pero ahora esta realidad avasalla su conciencia y entorpece sus sentidos. Luego quiere cambiar el sentido de la conversación. Los presentes perciben la intención y toman la iniciativa. –Dime compañero ¿de dónde eres, donde está tu familia, cuál es tu nacionalidad, a qué te dedicas, cuál es tu ideología política?

–Ahhh…, de dónde soy– dijo Bolívar mirando a lo lejos, como tratando de abarcar entre el suspiro y la mirada los doscientos años de historia. He recorrido mundo, de cuerpo y pensamiento, más siempre termino siendo un caraqueño de Venezuela. Mi adorada esposa murió de tisis apenas nos casamos, la misma enfermedad que se llevó a mi madre y la misma que me ha acechado siempre. Fui... terrat…comerciante y agricultor; luego alguien que soñaba todo lo grande que quería hacer; después aquel que quiso realizar todo lo que hubo soñado; para terminar como ando, decepcionado y frustrado, sin haber realizado todo lo que soñé y sin haber soñado todo lo que pude realizar. En cuanto a mis creencias políticas…En este momento siento que si punzo algunas de las que hube expresado, con mi conciencia desde esta actualidad histórica, muchas se desinflarían por  falaces y erradas, aunque varias las enmendé en su momento, más los escritos quedan allí como evidencia aunque se haya cambiado de criterios. Digamos que por herencia debí ser monárquico, así lo fueron mis padres y así todos mis antepasados; sin embargo, por circunstancias históricas fui imbuido por el espíritu liberal francés, del cual la necesidad me hizo renegar a favor de criterios autocráticos; aunque siempre a mi pensamiento y espíritu libertario lo movía un huracán que traspasaba esas ideologías hacia una justicia, libertad e igualdad de mayor plenitud, que garantizaran una verdadera paz social. En verdad… no comprendo bien por qué, pero en este momento mi palabra se siente más conforme con mi pensamiento que nunca… Amigos, disculpen ustedes, ¿puede alguien prestarme una mula para ir a la Guarira y embarcarme a la Europa, a ver si en algo se pueden paliar los males de mi cuerpo, que no de mi alma? Yyy… ¿díganme donde está el tinajero, la pila o el pozo, para beber un poco de agua, también la letrina para alivianar mi cuerpo?

–Sentimos lo de tu esposa y tu madre, paisano. Hoy eso no es mortal. Mi esposa sufrió esa enfermedad y ahora está perfectamente de salud, sin pagar ni un bolívar, pues el Estado le suministró todo… En cuanto a lo de los sueños, mira…, el problema es que los seres humanos generalmente pretendemos sustraernos de la evolución, tratando de resumirla en nuestra actualidad, con un principio y un fin; cuando en realidad el existir es sólo un eslabón de un propósito supremo que lo supera y lo integra, constituyendo la humanidad… Compadre, el verdadero valor de lo que hacemos las personas y los pueblos lo asigna la perspectiva histórica. Los pueblos, sumergidos en la acción fáctica de existir, y espiritual de perfeccionarse y trascender, construyen el futuro proyectando evolutivamente el pasado desde toda la potencialidad y posibilidad de su actualidad, es su poder y responsabilidad histórica. En cuanto a tus creencias políticas, sí, como lo expresas, amas y aspiras una justicia, libertad e igualdad más plenas, que garanticen una verdadera paz social, pues eso es la esencia del planteamiento político que Venezuela pretende desarrollar como propuesta al mundo. ¿¡¡En mula!!? Bueno el chiste paisano, así tardarías una semana cuando menos…; por la autopista estas allá en un abrir y cerrar de ojos. Ah verga, en barco echarías un bolón de meses, a menos que lo hagas por turistear, por aire en cuestión de horas estarías en Europa. Pero, si es para tratar tu enfermedad, ¡noo chiico!, aquí mismo, como te he dicho, te curan y te dejan nuevecito, y no te costará nada, pues, para el socialismo el ser humano es lo principal… ¿Dolor en el alma?, todos tenemos tristezas y desilusiones, pero a ello debemos superponer nuestras alegrías, sueños y esperanzas, en eso consiste la sabiduría de ser feliz, ubicar en su justo lugar existencial las tristezas y las alegrías, siempre orientadas por un propósito de fe: Dios… ¿Tienes sed? Vamos todos a la casa a tomarnos un jugo de fresas, con eso vemos quien gana entre Argentina y España…, Ahh, también mandas tu mail amigo, pero no en una letrina…, eso era en tiempos de María Castaño…

Y marcharon todos hacia la vivienda, ya ralentizado en Bolívar el choque conceptual de dos realidades separadas por el inmenso espacio histórico evolutivo que significa el siglo XX, una referencia sin referencia del desarrollo tecnológico, político, social y cultural de la humanidad.

En el cuarto de baño, Bolívar halla la oportunidad para tratar de encausar esos acontecimientos hacia la trascendentabilidad de su espíritu visionario, pues sentía que le faltaba luz para asimilarlos en la plenitud de sus significados. ¡¡Dios mío, qué maravilloso!! Estas familias plebeyas disfrutan millones de veces más comodidades y confort de las que pudo siquiera soñar el más poderoso rey de mi tiempo. Tienen por rutina curarse de enfermedades que diezmaban naciones enteras; hasta la tisis, el verdugo que desdichó mi niñez, troncó parte de mi ser y siempre ha pendido su filo sobre mi ser, es ahora para ellos menos de lo que implica un catarro para nosotros. Se mueven en carruajes extraños movidos por poderosas máquinas alimentadas no por vapor sino por brea, a la que llaman petróleo, del cual, según afirman, están repletas las profundidades de estas tierras, es decir, el Potosí de Venezuela ha estado bajo nuestros pies. Y hasta dicen de carruajes capaces de surcar los cielos. En verdad mi mente está aturdida al ver tan sofisticados artefactos, como el que produce frio, hielo y una neblina densa y gélida, igual a la que difuminaba en acuarela los techos rojos de la Caracas de mi niñez; también aquellos aparatos que se enfundan al cinto y supuestamente permiten realizar una conversación entre personas que se hallen en sitios tan distantes como Bogotá y Lima. Los experimentos de aquel francés, Niépce, del cual tuve alguna noticia, que buscaban grabar imágenes en un sustrato, han sido desarrollados de forma inimaginable, pues no solamente las imágenes se graban con la perfección y realismo de un Velázquez, sino que las transmiten cual eventos reales, con audio y todo, a través de unas cajas mágicas que les permite contemplar, casi al instante, paisajes tan lejanos como el del valle del Nilo, morada de los faraones y cuna de nuestra civilización; además de darles acceso directo a las noticias de la nación y de prácticamente todo el mundo. También, en cualquier esquina pueden adquirir decenas de periódicos y acceder a libros de todo tipo. Pero algo  me asombra y maravilla sobremanera, aseguran que pueden comunicarse al momento con cualquier lugar de la tierra, conversar como si estuviesen de cuerpos presentes y acceder e intercambiar los diferentes saberes y conocimientos de todas las naciones, merced a lo que dicen ellos es como una gran red que los interconecta desde artefactos lanzados tan alto que orbitan la tierra cual lunas, uno de los cuales insólitamente lleva mi nombre. También ostentan como de rutina vestidos y calzados de excelente confección con extraños tejidos y materiales. ¡¡Y todas esas maravillas y lujos en una simple casa plebeya!!...

En este momento sus pensamientos son interrumpidos por la voz preocupada de uno de sus anfitriones. Ahora su problema inmediato es deshacerse de la evidencia que lo delata…, cosa que no tiene idea…, luego de varios intentos acciona la palanca y ¡¡al fin!!

Ya de regreso junto a sus anfitriones al punto del encuentro, ocurre un hecho insólito. De pronto se queda mirando fijamente a un sujeto portando una especie de carpeta improvisada, que avanzaba cruzándose a los que iban.

–¡Oh mi maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson! ¿Es usted? ¡Qué gusto en saludar a un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar al nuevo, sí, a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada no en su corazón sino en su memoria– exclamaba Bolívar con euforia contenida, mientras con pasos nerviosos buscaba abrazarlo.

–Disculpe usted pero creo que está equivocado– aclara sorprendido aquel sujeto, cortando gentilmente el ya medio abrazo. Más confundido que apenado Bolívar se excusa invocando el enorme parecido del personaje con su querido maestro. –No se preocupe usted– responde aquél individuo con voz medio ahogada, como desatando un nudo en su garganta con cada palabra  –Yo también soy maestro, aunque espero que el suyo sea más afortunado. Mire usted a este ciudadano y verá a un quijote luchando contra molinos de prepotencias, ignorancias, intereses bastardos e ineficacia. Hace algunos meses conversé unos minutos con el Presidente y le hablé de mi proyecto para construcción de la verdadera República y de la nueva sociedad socialista, desde la formación del republicano y la concientización del ciudadano hacia los valores colectivos; pero el ministro siempre dice no poder atenderme, no obstante tener instrucciones directas del Presidente y en el Ministerio ya ponen caras amargas cuando llego. Pero lo que me trae más decepcionado que ofendido es la orden entredientes, cobarde y vasalla de “desháganse de ese loco”, dada por un prepotente y emperifollado funcionario de segunda categoría, administrativamente, porque humanamente pisa terrenos fangosos. De cierto le digo, respetable ciudadano, que entre la locura y la cordura existe un paso, el mismo que hay entre la deshonestidad y la honestidad, o entre un socialismo etéreo y un capitalismo eufemístico. De lo que estoy seguro es que siempre por acción y convicción, he estado y estaré un paso adelante, del lado de las virtudes, de los valores, de los principios y del buen juicio… Que tenga usted una buena tarde, respetable ciudadano…

Marchóse aquel sujeto con su contrariado y cuasi errante andar. Bolívar lo seguía con la mirada como queriéndolo encuadrar al punto de fuga del horizonte, sitio natural de estos seres de pensamiento preclaro y honesto que se constituyen en faros para los pueblos, mientras la conveniencia, la prepotencia y la miseria humana los pretenden acallar y aniquilar. Y con su mente divagando en los recuerdos, atina a pensar –Definitivamente los Robinson continúan andando y alumbrando, igual a Diógenes, conciencias por los caminos de la patria, siendo como el aire para las revoluciones, no se ven y se desprecian pero son vitales para sus existencias.

–Eso suele pasar– le dijo uno de los presentes, a la vez que con dos leves palmadas en su hombro lo sustraía de sus hondos pensamientos –A veces pareciera que la historia duplica los personajes, sus acciones y reacciones, cambiando únicamente las circunstancias. Es que la naturaleza humana sigue siendo esencialmente la misma– continuó diciendo el hablante, mirando al que se alejaba mientras retomaba el paso junto a Bolívar. Prosiguiendo –Tú mismo, tienes un inmenso parecido con…, inclusive, si tuvieras el traje de la época diría que eres él… El más grande hombre que ha parido esta ciudad, esta patria y este continente. El libertador de cinco naciones y redentor de las conciencias de los pueblos. Más grande que Alejandro y Napoleón, quienes, bajo el pretexto de libertad, oprimían pueblos para buscar su “grandeza” personal y la de una nación; mientras que él, desde la valentía, nobleza, conciencia y espiritualidad de una nación, sembró libertad para vencer la opresión en los pueblos. El que con su ejemplo y su pensamiento es destellante faro para este proceso de cambios, de refundación de la verdadera República. El que no es solamente él, sino también Sucre, Páez, Piar, Girardot, Camejo, Mariño, Rondón, Urdaneta, Plaza… y todos aquellos que superando sus diferencias, vicios, temores, odios y rencores, asumieron la responsabilidad de iniciar esta égida por la libertad, que más que un deber de lucha es un compromiso de fe. El que signa con su nombre y estampa todas las plazas principales. El que da lumbre a las revoluciones de este continente y más allá de los mares: El Libertador, Simón Bolívar.

La voz se le ahoga a Bolívar, sus sentidos se congestionan, se aturde el pensamiento y la razón entra en un vaivén de juicios y silogismos, buscando racionalidad en lo irracional, pretendiendo explicación de lo inexplicable, es Bolívar contra Bolívar –Esa es la causa de mis angustias– se dijo muy profundo, para sus adentros  –la lucha entre mi pensamiento, mi espiritualidad; y mi cuerpo, mi materialidad. Es la eterna dialéctica entre lo que el ser humano potencialmente es capaz de hacer y lo que los límites físicos, conceptuales, axiológicos, epistemológicos, éticos, culturales y espirituales que le impone su circunstancia histórica, le permiten hacer; cuyo resultado, en mayor o menor grado y aún por el sólo hecho de producirse, constituye un bien al peculio evolutivo de las personas y de las sociedades, tanto por sus hechos, que nunca son definitivos, como por los postulados políticos, sueños, aspiraciones, creencias y valores que los impulsan; porque, en fin, la evolución es una verdad en construcción perenne y no podemos pretender resumirla en un estadio evolutivo dado, so riesgo de terminar decepcionados y frustrados.

Dios mío, esa es la perspectiva ontológica que no pude divisar desde el estrecho espacio histórico en que se produjo esa vorágine de acontecimientos que nos arrollo a su paso, y también por los intrincados y umbríos senderos que lo conformaron. Por Dios, la obra de la independencia, la liberación del yugo Español, la conformación de nuestra patria, de nuestra nacionalidad, y también, de alguna forma, aquella torpe y falaz República; todo ello fue una obra portentosa y un maravilloso logro evolutivo, que constituye el fundamento físico, moral y ético en el cual estas generaciones asientan sus maravillosos avances sociales, políticos, culturales y científicos. Ciego, injusto, torpe y mezquino he sido al considerarme un fracasado por los sueños no alcanzados, en vez de sentirme triunfador por la hermosa realidad construida. Esa independencia fue la grande obra que nos deparó la providencia, lo siguiente no estaba al alcance de nuestro momento existencial, ella debía ineluctablemente transitar los senderos de la historia, y aún hoy está siendo hermosa y sublimemente replanteada, en una Venezuela que, dentro del contexto, hace realidad mis sueños, aspiraciones, pensamientos y espiritualidad. Es que la contradicción entre mi ser físico y el espiritual, que me angustió tanto, en verdad responde a una simple ecuación existencial que confronta la realidad con los valores y principios universales que intuimos, siendo el resultado el motor que impulsa toda revolución. Definitivamente, nuestras existencias no se limitan a su actualidad sino que trascienden tan alto y tan lejos como lo sean nuestros sueños, esperanzas y fe.

Y con estas últimas frases ahogándose en el respetuoso silencio que inunda el ambiente, Bolívar retoma su marcha, únicamente deja su mirada de padre y maestro a los presentes, llevándose la fortaleza, la dicha y el desahogo existencial de sus enseñanzas. ¡¡Cuánto ha aprendido!! Un hasta luego tácito va quedando tras él, al desdibujarse en el aire su ser físico hacia el pretérito que lo reclama; pues su ejemplo, su pensamiento y su espiritualidad, continuarán con ellos vivos por siempre en sus conciencias, inspirando libertad, gestando revoluciones.



Referencias.
Cartas, discursos, memorias y pensamientos de Simón Bolívar. Orden Cronológico:

Memoria dirigida a los Ciudadanos de la Nueva Granada por un Caraqueño.
Cartagena de Indias, 15 de diciembre de 1812.

Carta de Jamaica.
Kingston, 6 de septiembre de 1815.

Discurso pronunciado ante el Congreso de Angostura.
15 de febrero de 1819.

Carta a Pedro Gual.
Maracaibo 16 de septiembre de 1821.

Carta a Simón Rodríguez.
Pativilca 19 enero 1824.

Carta a su tío Esteban Palacios.
Cuzco, 10 de julio de 1825.

Un pensamiento sobre el Congreso de Panamá. 1826.

Mensaje del Libertador al Congreso Constituyente de Bolivia.
Lima, 25 de mayo de 1826.

Carta a Anacleto Clemente.
Lima 29 de mayo de 1826.

Carta a su antiguo edecán Daniel Florencio O’Leary.
Guayaquil, el 13 de septiembre de 1829.

Mensaje al Congreso Constituyente de la República de Colombia.
Bogotá 20 de enero de 1830.

Carta al General Juan José Flores
Barranquilla, 9 de noviembre de 1830.

Javier A. Rodríguez G.


lunes, 4 de junio de 2012

El Último Camino

La espesura de la selva abrazaba el seco ruido del avanzar del caballo, ella no quería ser testigo de la ignominia, pretendiendo ahogar la cuenta regresiva hacia un fin inefable e ineludible, marcada por el síncrono golpe de la triste marcha.

Todas las aves y animales guardaban silencio al paso del andante y el viento ya no quiso pasear por allí, yendo en busca de otros rumbos. Parecía que la naturaleza entera quisiese pasar desapercibida y burlar el destino, de faz humana, que aguarda en cualquier recodo.

Sobre el caballo el hombre, mirada lejana, cuerpo distendido, como si viajara rumbo a la nada, como si en cada metro andado  avanzara su carne y el alma quedara, era como si aquél viajero fuera regando la vida a lo largo del camino, vida que se agotaba, lo sentía y padecía, dejándole el cuerpo vacío.

Atrás el testigo, cual séquito fúnebre, el perro, amigo de camino, su llanto, casi imperceptible, suena igual a una oración, haciendo más lúgubre y premonitoria la estampa.

Más veloces que los pasos que llevaban su cuerpo cabalgaban en la mente de aquél andante los recuerdos. Del niño, hecho hombre a destiempo, como dato arqueológico todavía en sus neuronas estaba grabada la inocencia, lo maravilloso, lo sublime, lo bello y lo potencialmente perfecto de la vida del ser humano.

Es que en su mundo de ilusiones aquél niño quiso ser maestro y dar lumbre a la oscuridad de la ignorancia. También alguna vez deseó ser medico y calmar tantos males físicos, que no de conciencias, que a su pueblo aquejaban. Y otrora soñaba lo maravilloso que sería ser ingeniero y trazar el desarrollo material, aunque no espiritual, de su patria. Pero a esta pugna de recuerdos se impone decisiva la tajante afirmación con que el infante le respondiera a la niña de los ojos tiernos  —¡¡Quiero ser soldado y liberar a mi patria!!—  Mas, soldado el niño fue, valiente, astuto, recto, noble y honesto. Liberar a la patria el hombre intentó, pero  —a la patria no la redimen ni cinco, ni tres, ni dos, sino todos los hermanos de tierra unidos por la causa de su justa y pacífica coexistencia—  hubo dicho aquel viajero antes de partir.


LA ESPERANZA

En un momento aparece en sus retinas, cada vez más grande y difuminándole los recuerdos, la figura de una mujer a la orilla del camino; no sabía si él avanzaba o si ella se acercaba, o quizás tan solo era una cruda imagen que su memoria le pintaba.

Al breve momento de andar tenía a la mujer enfrente. Era una hembra color tierra y mirada desolada, cargando con justa fuerza  a un robusto niño prendado con los labios a su generoso pecho, mientras con la otra mano sujetaba en perfecto equilibrio un pesado haz de leña que, amortiguado por algo parecido a un turbante improvisado, descansaba sobre su cabeza.

Tenía aquella fémina la mirada perdida y el rostro inclemente marcado por los años. Joven de cuerpo pero antigua el alma, por el sufrimiento, por la desilusión, por la lucha perdida, por la desesperanza. El contraluz transparentaba el roído vestido, permitiendo entrever las robustas y carnales formas de la hembra, siempre en celo, siempre dispuesta a parirle hijos a la Patria. ¡Pero  su espíritu!, en la triste y vacía mirada no podía contemplarse, era como si íntegro y límpido brotara a borbollones por sus pezones, con los mejores sabores de la esperanza.

—¡Qué maravillosa mujer!—  pensó el viajero. Tal vez tenia la vida tan menguada como el que la observaba, y sin embargo, por el brazo que delicada pero firmemente sostenía y protegía al crio, por la leña que sobre su cabeza más que pesada carga era fuente de calor que al vástago le procuraba, y principalmente por el tibio y mágico fluido que de sus tetas manaba, ¡¡ era vida, llena de ilusiones, de potencialidades y de esperanzas, lo que aquella noble mujer al niño le insuflaba!!

—Así es la mujer— continuó diciéndose el conmovido andante  —prolongación de la tierra, semillero de esperanzas. Esos son los niños, simiente que germina, cosecha de mañana. Reguémosla con dignidad y libertad, que mientras ellos existan, habrá futuro, habrá Patria. Ojalá que ese niño no llegue adelante como está mujer hoy, con la vida menguada, o como este jinete,  por su último camino dejando el resto de su existencia regada.


LAS CARROÑAS DE LA LIBERTAD

Hacía mucho que la mujer de la mirada perdida y los pezones de esperanzas había desaparecido de las pupilas de aquél viajero. Ya variadas y caprichosas imágenes retozaban a las puertas de su conciencia, cuando asíncronos pasos con los que marcaban el ritmo de su aciaga marcha, le hicieron alzar la mirada.

Venía un caballo de buen porte en ágil y raudo pasitrote, que, no obstante, por la incomodidad de su andar parecía querer lanzar por el aire la pesada carga aparente de su montante. Un hombre delgado y muy bien trajeado, de finas manos y botas ajenas a la tierra, par éste de óptimo cuero y en perfecto encaje sendas espuelas de plata, de bellos reflejos envilecidos por la sangre bañando sus extremos como escarcha.

Aquel hombre tenía apariencia limpia con rostro feliz y rebosante, y aunque un tanto prepotente, parecía agradable. Pero esa mirada… aquella mirada ya la conocía, en su trasfondo delata el aberrado espíritu de los demagogos que depredan los bienes y menoscaban la felicidad de los pueblos, con tanta astucia que luego aparecen como héroes.

—Si— se dijo el que iba —sin lugar a dudas se trata de uno de los tantos politicuelos que en vez de llorar sobre la sangre de la libertad, danzan cual carroñas, peleándose los retazos de la Patria destrozada. Así como las espuelas de este hombre es la Patria—  concluyó sus pensamientos el jinete  —dinero y riquezas, sangre y sufrimiento, más cuándo felicidad, cuándo entre los hombres concordia y entendimiento.


EL ANDAR DE LOS RECUERDOS

Y el ente marchante siguió su camino. Tenía la mirada más triste y era la marcha más sosegada. El caballo, un tanto nervioso, a veces daba hacia un lado y a veces hacia el otro. El perro continuaba a la saga, ya se había tragado los sollozos, ahora le lloraba la mirada. Pero ambos seguían estoicamente al encuentro con el destino, que les aguardaba.

Andando el tiempo, el trió bordeó un grueso tronco atravesado en el camino, y con el jinete delante, la línea del tronco, allá atrás, parecía el margen superior de su triste epitafio.

Muchos recuerdos se agolpaban en las pupilas de aquél hombre, fundiéndose con la porción de camino que captaba su mirada baja  —¡¡Lánzale la piedra al mango!!— le gritaban sus amigos de infancia. Y él arremetía con andanadas de piedras contra el fruto inalcanzable, hasta que al fin caía. Que ironía, cuánto hubiese dado por seguir lanzándole a los frutos piedras y no balas a los hombres.  Tras condecoraciones, triunfos, victorias y vivas de multitudes frenéticas, ¿qué quedaba?, el desasosiego, el ánimo menguado, la traición a cuestas y la esperanza perdida de dos hombres, él y el otro, que también solo y triste, lejos muy lejos, moría. Ojalá tanta muerte, tanta miseria, tanto crimen y tanto horror, sirvan algún día como las piedras de aquél niño, para hacer caer sobre los pueblos los frutos de la paz y de la felicidad.


LOS JUDAS DE LA VIDA

El hieratismo de la pesada  y triste marcha se rompió por la presencia, a la vera del camino, de un sujeto en extraña posición.

Hallábase sentado sobre una pequeña piedra. Tenía una pierna extendida, la más cercana a la vista del jinete, en línea recta hacia la otra orilla del camino, abarcando buena parte de la angosta vía. La otra pierna encogida, el pie descalzo sobre la tierra y la rodilla cerrada al máximo con cierta fuerza. Parecía pretender que la complexión de una escapara por la otra. Entreabría los labios para tararear algo indescifrable y casi inaudible, mientras en la roída bota sostenida con sus manos, aparentaba auscultar la causa del débil pero persistente malestar de su extremidad.

Al tener la sombra del jinete robándole la claridad que se filtraba por entre el follaje, el extraño no levantó sus ojos pequeños rapaces, pero si esbozó una falsa sonrisa que insinuaba grotescos pliegues en su reseco rostro.

—¿Para donde va el amigo?—  entreabriendo un poco más los desalineados, delgados y resquebrajados labios,  con voz grave y apagada, sin mover aún la mirada y con la bota todavía en sus manos, preguntó casi irónicamente aquél sujeto.

El jinete, ya detenido y sin querer hablar, pues le parecía lo había olvidado, solo pensaba, mejor dicho, únicamente recordaba, porque el verbo de su ya exigua existencia parecía limitarse al pretérito de sus recuerdos; observó al hombre y un pálido frio navegó por todo su cuerpo, al presentirlo como  “ el judas” que lo entregaba.

—Voy en busca de mi destino— no obstante alcanzó a replicar, todavía con algunos visos de su noble altivez.

—Pues sigue adelante que tu destino te espera—  sentenció con su tono de ironía soslayada aquel extraño.

El andante se despidió con un casi imperceptible movimiento de cabeza, mientras buscaba la línea de fuga del camino. El caballo pareció entender la intención de su montante y automáticamente retomó el ritmo de marcha que hubo traído. Y bajo su sombra el perro salta sobre la tendida pierna del extraño, que quedaba atrás como queriendo cortar el camino, o tal vez como línea de cierre de un epitafio en blanco, sin letras ni palabras, únicamente lleno de tristezas, quizás para que los andantes graben y diluyan en él los infortunios de sus existencias.


LA IGNOMINIA

Hacía poco que el viajero había retornado a hurgar en su memoria, deseando encontrar, al fin, aquello que otrora diera plenitud a su ser y que ahora le faltaba. Pues, por más que buscaba y buscaba, no hallaba dentro del baúl de los recuerdos, entre las glorias y los triunfos y hasta en las cosas menudas y cotidianas, aquello, ese algo, el punto en donde convergen todas las aspiraciones y logros, que constituye la aureola que corona a todo hombre y ciudadano pleno.

—¿Por qué aquella luz que me hubo acompañado siempre ahora me falta?—  interrogábase en sus adentros  —¿Sería simplemente una ilusión ¿ ¿Por qué hay tanta oscuridad en mi alma?.

De pronto se rompen los recuerdos, por primera vez se percata del silente escenario que lo ha venido siguiendo, de que ya hacía rato del mundo él se estaba yendo.


¡¡¡ Y toda la miseria humana estalló sobre aquel grande pero triste hombre!!!

¡¡El retumbe de  la maldad, de la ingratitud y de la traición, cual alarido de dolor lo repitió la selva por todo rincón, mientras el viento, ahora presente y llorando, parecía buscar las conciencias de los hombres cuando llevaba por todos los pueblos el aciago pregón!!

¡El áspero relinchar el caballo se lo había tragado, y el perro los secos ladridos pugnaba por mantener guardados. Ellos solamente eran impotentes testigos, querían no herir con sus silencios los últimos pensamientos del gallardo compañero y triste muy triste amigo!

Aquel mártir siente que sus recuerdos se congestionan. Ahora no son uno detrás del otro sino todos a la vez. Su memoria se desparrama sobre su conciencia, enturbiándola y formando un collage de recuerdos. El niño, las guerras, los triunfos, la miseria, la ignorancia, la vida, la muerte, la traición… y arriba en el centro, el General. Cuán parecidas fueron sus vidas y que iguales sus destinos…

Ya el cuerpo en caída libre ve turbiamente el suelo, ¡¡la tierra!!, y entonces esboza una plácida sonrisa en su pálido y lánguido rostro.

—¡Si!— cual corolario de su vida atina a pensar —precisamente es esta tierra donde deben converger las realizaciones de los hombres. Pues un hombre sin Patria es un miserable. Es esta tierra que nos da la vida y que ahora me reclama, es la gente que en ella habita, es la aureola que a los pueblos une e ilumina. ¡¡ Es la Patria que bien vale toda una vida!!

Y aquel ilustre, sabio, valiente y noble guerrero, abrazó la tierra.


LA CONCIENCIA, EL LAMENTO Y EL CANTO DEL POETA             

—¡¡Así, no se mata a un hombre!!  ¡¡Únicamente con dolor y lágrimas quitaremos de nuestro porvenir la sangre de este justo !!—  gritaba indignado un anciano en una esquina, mientras con el bastón golpeaba la tierra que lo reclamó, por no poder hacerlo al pueblo traidor que lo mató.

Mientras el poeta, como guardián de verdades y en premonición de lo que pasaría luego en Santa Marta, recriminaba a las gentes y fustigaba las conciencias de los hombres con un reproche y lamento que resonaría por siempre en la memoria de aquellos pueblos:


Por la tierra vertía la sangre

de aquel ilustre guerrero,

como queriendo saciar el hambre,

de la ingratitud de su pueblo.


Del cuerpo yacente manaba.

De escarlata se iba la vida.

¿Qué vida? ¿Qué esperanza?

Esperanza y vida menguadas.


Y tiñose el agreste suelo,

de Pichincha y Ayacucho,

de Berruecos,

Del que por irracional guerra,

absurda,

diera libertad a su pueblo.


Mas, contra los grillos de sus conciencias,

no pudo aquel ilustre guerrero.


Vengan todos a Berruecos

a  ver correr la sangre,

del  hombre.

Vengan todos a saciar la sed

con sangre seca de ilusiones,

y  de esperanza.


Pues aquel ente marchante,

cargaba cuerpo

y arrastraba victorias,

pero por dentro llevaba muerta el alma.



Javier A. Rodríguez G.






La palabra escrita se independiza del autor y trasciende las barreras del espacio tiempo, haciéndose evidencia que delata el pensamiento y desnuda los sentimientos.(Javier A. Rodríguez G.)