lunes, 4 de junio de 2012

El Último Camino

La espesura de la selva abrazaba el seco ruido del avanzar del caballo, ella no quería ser testigo de la ignominia, pretendiendo ahogar la cuenta regresiva hacia un fin inefable e ineludible, marcada por el síncrono golpe de la triste marcha.

Todas las aves y animales guardaban silencio al paso del andante y el viento ya no quiso pasear por allí, yendo en busca de otros rumbos. Parecía que la naturaleza entera quisiese pasar desapercibida y burlar el destino, de faz humana, que aguarda en cualquier recodo.

Sobre el caballo el hombre, mirada lejana, cuerpo distendido, como si viajara rumbo a la nada, como si en cada metro andado  avanzara su carne y el alma quedara, era como si aquél viajero fuera regando la vida a lo largo del camino, vida que se agotaba, lo sentía y padecía, dejándole el cuerpo vacío.

Atrás el testigo, cual séquito fúnebre, el perro, amigo de camino, su llanto, casi imperceptible, suena igual a una oración, haciendo más lúgubre y premonitoria la estampa.

Más veloces que los pasos que llevaban su cuerpo cabalgaban en la mente de aquél andante los recuerdos. Del niño, hecho hombre a destiempo, como dato arqueológico todavía en sus neuronas estaba grabada la inocencia, lo maravilloso, lo sublime, lo bello y lo potencialmente perfecto de la vida del ser humano.

Es que en su mundo de ilusiones aquél niño quiso ser maestro y dar lumbre a la oscuridad de la ignorancia. También alguna vez deseó ser medico y calmar tantos males físicos, que no de conciencias, que a su pueblo aquejaban. Y otrora soñaba lo maravilloso que sería ser ingeniero y trazar el desarrollo material, aunque no espiritual, de su patria. Pero a esta pugna de recuerdos se impone decisiva la tajante afirmación con que el infante le respondiera a la niña de los ojos tiernos  —¡¡Quiero ser soldado y liberar a mi patria!!—  Mas, soldado el niño fue, valiente, astuto, recto, noble y honesto. Liberar a la patria el hombre intentó, pero  —a la patria no la redimen ni cinco, ni tres, ni dos, sino todos los hermanos de tierra unidos por la causa de su justa y pacífica coexistencia—  hubo dicho aquel viajero antes de partir.


LA ESPERANZA

En un momento aparece en sus retinas, cada vez más grande y difuminándole los recuerdos, la figura de una mujer a la orilla del camino; no sabía si él avanzaba o si ella se acercaba, o quizás tan solo era una cruda imagen que su memoria le pintaba.

Al breve momento de andar tenía a la mujer enfrente. Era una hembra color tierra y mirada desolada, cargando con justa fuerza  a un robusto niño prendado con los labios a su generoso pecho, mientras con la otra mano sujetaba en perfecto equilibrio un pesado haz de leña que, amortiguado por algo parecido a un turbante improvisado, descansaba sobre su cabeza.

Tenía aquella fémina la mirada perdida y el rostro inclemente marcado por los años. Joven de cuerpo pero antigua el alma, por el sufrimiento, por la desilusión, por la lucha perdida, por la desesperanza. El contraluz transparentaba el roído vestido, permitiendo entrever las robustas y carnales formas de la hembra, siempre en celo, siempre dispuesta a parirle hijos a la Patria. ¡Pero  su espíritu!, en la triste y vacía mirada no podía contemplarse, era como si íntegro y límpido brotara a borbollones por sus pezones, con los mejores sabores de la esperanza.

—¡Qué maravillosa mujer!—  pensó el viajero. Tal vez tenia la vida tan menguada como el que la observaba, y sin embargo, por el brazo que delicada pero firmemente sostenía y protegía al crio, por la leña que sobre su cabeza más que pesada carga era fuente de calor que al vástago le procuraba, y principalmente por el tibio y mágico fluido que de sus tetas manaba, ¡¡ era vida, llena de ilusiones, de potencialidades y de esperanzas, lo que aquella noble mujer al niño le insuflaba!!

—Así es la mujer— continuó diciéndose el conmovido andante  —prolongación de la tierra, semillero de esperanzas. Esos son los niños, simiente que germina, cosecha de mañana. Reguémosla con dignidad y libertad, que mientras ellos existan, habrá futuro, habrá Patria. Ojalá que ese niño no llegue adelante como está mujer hoy, con la vida menguada, o como este jinete,  por su último camino dejando el resto de su existencia regada.


LAS CARROÑAS DE LA LIBERTAD

Hacía mucho que la mujer de la mirada perdida y los pezones de esperanzas había desaparecido de las pupilas de aquél viajero. Ya variadas y caprichosas imágenes retozaban a las puertas de su conciencia, cuando asíncronos pasos con los que marcaban el ritmo de su aciaga marcha, le hicieron alzar la mirada.

Venía un caballo de buen porte en ágil y raudo pasitrote, que, no obstante, por la incomodidad de su andar parecía querer lanzar por el aire la pesada carga aparente de su montante. Un hombre delgado y muy bien trajeado, de finas manos y botas ajenas a la tierra, par éste de óptimo cuero y en perfecto encaje sendas espuelas de plata, de bellos reflejos envilecidos por la sangre bañando sus extremos como escarcha.

Aquel hombre tenía apariencia limpia con rostro feliz y rebosante, y aunque un tanto prepotente, parecía agradable. Pero esa mirada… aquella mirada ya la conocía, en su trasfondo delata el aberrado espíritu de los demagogos que depredan los bienes y menoscaban la felicidad de los pueblos, con tanta astucia que luego aparecen como héroes.

—Si— se dijo el que iba —sin lugar a dudas se trata de uno de los tantos politicuelos que en vez de llorar sobre la sangre de la libertad, danzan cual carroñas, peleándose los retazos de la Patria destrozada. Así como las espuelas de este hombre es la Patria—  concluyó sus pensamientos el jinete  —dinero y riquezas, sangre y sufrimiento, más cuándo felicidad, cuándo entre los hombres concordia y entendimiento.


EL ANDAR DE LOS RECUERDOS

Y el ente marchante siguió su camino. Tenía la mirada más triste y era la marcha más sosegada. El caballo, un tanto nervioso, a veces daba hacia un lado y a veces hacia el otro. El perro continuaba a la saga, ya se había tragado los sollozos, ahora le lloraba la mirada. Pero ambos seguían estoicamente al encuentro con el destino, que les aguardaba.

Andando el tiempo, el trió bordeó un grueso tronco atravesado en el camino, y con el jinete delante, la línea del tronco, allá atrás, parecía el margen superior de su triste epitafio.

Muchos recuerdos se agolpaban en las pupilas de aquél hombre, fundiéndose con la porción de camino que captaba su mirada baja  —¡¡Lánzale la piedra al mango!!— le gritaban sus amigos de infancia. Y él arremetía con andanadas de piedras contra el fruto inalcanzable, hasta que al fin caía. Que ironía, cuánto hubiese dado por seguir lanzándole a los frutos piedras y no balas a los hombres.  Tras condecoraciones, triunfos, victorias y vivas de multitudes frenéticas, ¿qué quedaba?, el desasosiego, el ánimo menguado, la traición a cuestas y la esperanza perdida de dos hombres, él y el otro, que también solo y triste, lejos muy lejos, moría. Ojalá tanta muerte, tanta miseria, tanto crimen y tanto horror, sirvan algún día como las piedras de aquél niño, para hacer caer sobre los pueblos los frutos de la paz y de la felicidad.


LOS JUDAS DE LA VIDA

El hieratismo de la pesada  y triste marcha se rompió por la presencia, a la vera del camino, de un sujeto en extraña posición.

Hallábase sentado sobre una pequeña piedra. Tenía una pierna extendida, la más cercana a la vista del jinete, en línea recta hacia la otra orilla del camino, abarcando buena parte de la angosta vía. La otra pierna encogida, el pie descalzo sobre la tierra y la rodilla cerrada al máximo con cierta fuerza. Parecía pretender que la complexión de una escapara por la otra. Entreabría los labios para tararear algo indescifrable y casi inaudible, mientras en la roída bota sostenida con sus manos, aparentaba auscultar la causa del débil pero persistente malestar de su extremidad.

Al tener la sombra del jinete robándole la claridad que se filtraba por entre el follaje, el extraño no levantó sus ojos pequeños rapaces, pero si esbozó una falsa sonrisa que insinuaba grotescos pliegues en su reseco rostro.

—¿Para donde va el amigo?—  entreabriendo un poco más los desalineados, delgados y resquebrajados labios,  con voz grave y apagada, sin mover aún la mirada y con la bota todavía en sus manos, preguntó casi irónicamente aquél sujeto.

El jinete, ya detenido y sin querer hablar, pues le parecía lo había olvidado, solo pensaba, mejor dicho, únicamente recordaba, porque el verbo de su ya exigua existencia parecía limitarse al pretérito de sus recuerdos; observó al hombre y un pálido frio navegó por todo su cuerpo, al presentirlo como  “ el judas” que lo entregaba.

—Voy en busca de mi destino— no obstante alcanzó a replicar, todavía con algunos visos de su noble altivez.

—Pues sigue adelante que tu destino te espera—  sentenció con su tono de ironía soslayada aquel extraño.

El andante se despidió con un casi imperceptible movimiento de cabeza, mientras buscaba la línea de fuga del camino. El caballo pareció entender la intención de su montante y automáticamente retomó el ritmo de marcha que hubo traído. Y bajo su sombra el perro salta sobre la tendida pierna del extraño, que quedaba atrás como queriendo cortar el camino, o tal vez como línea de cierre de un epitafio en blanco, sin letras ni palabras, únicamente lleno de tristezas, quizás para que los andantes graben y diluyan en él los infortunios de sus existencias.


LA IGNOMINIA

Hacía poco que el viajero había retornado a hurgar en su memoria, deseando encontrar, al fin, aquello que otrora diera plenitud a su ser y que ahora le faltaba. Pues, por más que buscaba y buscaba, no hallaba dentro del baúl de los recuerdos, entre las glorias y los triunfos y hasta en las cosas menudas y cotidianas, aquello, ese algo, el punto en donde convergen todas las aspiraciones y logros, que constituye la aureola que corona a todo hombre y ciudadano pleno.

—¿Por qué aquella luz que me hubo acompañado siempre ahora me falta?—  interrogábase en sus adentros  —¿Sería simplemente una ilusión ¿ ¿Por qué hay tanta oscuridad en mi alma?.

De pronto se rompen los recuerdos, por primera vez se percata del silente escenario que lo ha venido siguiendo, de que ya hacía rato del mundo él se estaba yendo.


¡¡¡ Y toda la miseria humana estalló sobre aquel grande pero triste hombre!!!

¡¡El retumbe de  la maldad, de la ingratitud y de la traición, cual alarido de dolor lo repitió la selva por todo rincón, mientras el viento, ahora presente y llorando, parecía buscar las conciencias de los hombres cuando llevaba por todos los pueblos el aciago pregón!!

¡El áspero relinchar el caballo se lo había tragado, y el perro los secos ladridos pugnaba por mantener guardados. Ellos solamente eran impotentes testigos, querían no herir con sus silencios los últimos pensamientos del gallardo compañero y triste muy triste amigo!

Aquel mártir siente que sus recuerdos se congestionan. Ahora no son uno detrás del otro sino todos a la vez. Su memoria se desparrama sobre su conciencia, enturbiándola y formando un collage de recuerdos. El niño, las guerras, los triunfos, la miseria, la ignorancia, la vida, la muerte, la traición… y arriba en el centro, el General. Cuán parecidas fueron sus vidas y que iguales sus destinos…

Ya el cuerpo en caída libre ve turbiamente el suelo, ¡¡la tierra!!, y entonces esboza una plácida sonrisa en su pálido y lánguido rostro.

—¡Si!— cual corolario de su vida atina a pensar —precisamente es esta tierra donde deben converger las realizaciones de los hombres. Pues un hombre sin Patria es un miserable. Es esta tierra que nos da la vida y que ahora me reclama, es la gente que en ella habita, es la aureola que a los pueblos une e ilumina. ¡¡ Es la Patria que bien vale toda una vida!!

Y aquel ilustre, sabio, valiente y noble guerrero, abrazó la tierra.


LA CONCIENCIA, EL LAMENTO Y EL CANTO DEL POETA             

—¡¡Así, no se mata a un hombre!!  ¡¡Únicamente con dolor y lágrimas quitaremos de nuestro porvenir la sangre de este justo !!—  gritaba indignado un anciano en una esquina, mientras con el bastón golpeaba la tierra que lo reclamó, por no poder hacerlo al pueblo traidor que lo mató.

Mientras el poeta, como guardián de verdades y en premonición de lo que pasaría luego en Santa Marta, recriminaba a las gentes y fustigaba las conciencias de los hombres con un reproche y lamento que resonaría por siempre en la memoria de aquellos pueblos:


Por la tierra vertía la sangre

de aquel ilustre guerrero,

como queriendo saciar el hambre,

de la ingratitud de su pueblo.


Del cuerpo yacente manaba.

De escarlata se iba la vida.

¿Qué vida? ¿Qué esperanza?

Esperanza y vida menguadas.


Y tiñose el agreste suelo,

de Pichincha y Ayacucho,

de Berruecos,

Del que por irracional guerra,

absurda,

diera libertad a su pueblo.


Mas, contra los grillos de sus conciencias,

no pudo aquel ilustre guerrero.


Vengan todos a Berruecos

a  ver correr la sangre,

del  hombre.

Vengan todos a saciar la sed

con sangre seca de ilusiones,

y  de esperanza.


Pues aquel ente marchante,

cargaba cuerpo

y arrastraba victorias,

pero por dentro llevaba muerta el alma.



Javier A. Rodríguez G.






La palabra escrita se independiza del autor y trasciende las barreras del espacio tiempo, haciéndose evidencia que delata el pensamiento y desnuda los sentimientos.(Javier A. Rodríguez G.)